Los tres recordaron los meses de infierno sufridos recientemente en los Dardanelos, en un espacio de seis kilómetros conquistado á la bayoneta. Una lluvia de proyectiles caía incesantemente sobre ellos. Había que vivir debajo de la tierra como topos, y aun así, les alcanzaba el estallido de los grandes obuses.
En esta lengua de tierra frente á Troya, por la que se había deslizado la historia remota de la humanidad, las palas, al abrir las trincheras, tropezaban con los más raros hallazgos. Un día, Blanes y sus compañeros habían sacado á luz jarros, estatuillas y platos que tenían treinta siglos. Otra vez cortaron blanduras repulsivas que exhalaban un hedor insufrible. Estaban abriendo trincheras en un pedazo de terreno que había servido de cementerio á los turcos. Los vientres hinchados se partían bajo las palas, derramando los zumos de su putrefacción. La necesidad de resguardarse había obligado á los legionarios á vivir con el rostro al nivel de los cadáveres que asomaban en el corte vertical de la tierra removida.
—Los muertos estaban como las trufas en un pastel—dijo el sudamericano—. Yo tuve que permanecer un día entero tocando con mi nariz los intestinos de un turco muerto dos semanas antes... No, la guerra no es chic, capitán, por más que hablen de heroísmos y cosas sublimes en periódicos y libros.
Quiso ver Ulises otra vez á «los tres mosqueteros» antes de partir de Salónica, pero el batallón había levantando su campo, situándose á muchos kilómetros al interior, frente á las primeras líneas búlgaras. El entusiasta Blanes disparaba ya su fusil contra los asesinos de Roger de Flor.
A mediados de Noviembre llegó el Mare nostrum á Marsella. Su capitán experimentaba siempre cierta admiración al doblar el cabo Croissette, viendo cómo se abría ante la proa una vasta curva marítima. En el centro de ella, una colina abrupta y desnuda avanzaba hacia el mar, sosteniendo en su cumbre la basílica y la torre cuadrada de Nuestra Señora de la Guardia.
Marsella era la metrópoli del Mediterráneo, el puerto terminal para todos los navegantes del mare nostrum. En su bahía, de cortas olas, se alzaban varias islas amarillentas, con franjas de espuma, y sobre una de ellas las torres robustas del novelesco castillo de If.
Todos, desde Ferragut á los últimos marineros, contemplaban como algo propio la ciudad que iba asomando en el fondo de la bahía, sus bosques de mástiles y su amontonamiento de edificios grises, sobre los cuales brillaban las cúpulas bizantinas de la nueva catedral. En torno de Marsella se abría un hemiciclo de alturas desnudas y secas, coloreadas alegremente por el sol de Provenza. Los pueblos y caseríos moteaban de blanco estas pendientes, así como las bastidas, «villas» de placer de los mercaderes de la ciudad. Más allá de dicho semicírculo, el horizonte estaba cerrado por un anfiteatro de ásperas y sombrías montañas.
En los viajes anteriores, la vista de la gigantesca Virgen dorada, que brilla como una lanza de fuego en lo alto de Nuestra Señora de la Guardia, esparcía el regocijo sobre el puente del buque.
—¡Marsella, Tòni!—decía el capitán alegremente—. Te convido á una bouillabaisse en casa de Pascal.
Y Tòni contraía el peludo rostro con sonrisa de gula viendo por anticipado el restorán famoso del puerto, sus salones crepusculares oliendo á marisco y á salsas picantes, y sobre la mesa el hondo plato de pescado con un caldo suculento teñido de azafrán.