Al sentirse fatigado el marino por el mal olor y la miseria viciosa de los barrios viejos, volvía al centro de la ciudad, paseando bajo los árboles de las avenidas de Meilhan ó entre los puestos de flores del Coso Belzunce.
Un anochecer, cuando esperaba el tranvía en la Cannebière rodeado de otras personas, volvió la cabeza con el presentimiento de que alguien le estaba contemplando á sus espaldas.
Efectivamente, vió á un hombre detrás de él en el borde de la acera, un señor elegantemente vestido, completamente afeitado, que parecía por su aspecto un inglés cuidadoso de su persona. Este gentleman acababa de detenerse á impulsos de la sorpresa, como si hubiese reconocido á Ferragut.
Se cruzaron las miradas de los dos, sin que esto despertase eco alguno en la memoria del capitán... No podía recordar á este hombre. Casi estaba seguro de no haberlo visto nunca. Su rostro afeitado, sus ojos de un gris metálico, su tiesura elegante, no decían nada á su memoria. Tal vez el desconocido sufría una equivocación.
Así debía ser, á juzgar por la prontitud con que separó su mirada de la de Ferragut, alejándose apresuradamente.
El capitán no dió importancia á este encuentro. Lo había olvidado ya al subir al tranvía, pero minutos después resurgió en su memoria, bajo una nueva luz. El rostro del inglés se presentaba en su imaginación con un relieve distinto al de la realidad. Lo veía más claramente que al resplandor algo mortecino de los reverberos de la Cannebière... Pasaba con indiferencia sobre sus rasgos fisonómicos: en realidad, los había contemplado por primera vez. ¡Pero los ojos!... El conocía perfectamente aquellos ojos: se habían cruzado muchas veces con los suyos. ¿Dónde?... ¿Cuándo?...
Le acompañó hasta su buque el recuerdo de este hombre como una obsesión, sin lograr que su memoria diese una respuesta á sus preguntas. Luego, al verse en la cámara de popa con Tòni y el tercer oficial, volvió á olvidarlo.
En los días sucesivos, al bajar á tierra, su memoria experimentaba invariablemente el mismo fenómeno. Iba el capitán por la ciudad, sin acordarse de aquel individuo, pero al entrar en la Cannebière surgía inmediatamente en su cerebro dicho recuerdo, seguido de una ansiedad inexplicable.
«¿Dónde estará ahora mi inglés?—pensaba—. ¿Dónde le he visto antes?... ¡Porque es indudable que nos conocemos!»
Miraba curiosamente, á partir de este instante, á todos los transeúntes, y á veces apresuraba el paso para examinar á algunos que se le asemejaban por la espalda. Una tarde creyó reconocerlo en un carruaje de alquiler cuyo caballo marchaba á vivo trote por la avenida del Prado; pero cuando quiso seguirle, el vehículo había desaparecido en una calle inmediata.