Transcurrieron los días, y el capitán olvidó definitivamente este encuentro. Otros asuntos más reales é inmediatos le preocupaban. Su buque estaba listo; iban á enviarle á Inglaterra para cargar municiones destinadas al ejército de Oriente.

La mañana de su partida bajó á tierra sin deseos de llegar al centro de la ciudad.

En una calle de los docks había una barbería frecuentada por los capitanes españoles. La charla pintoresca del barbero, nacido en Cartagena, las láminas de colores fijas en la pared representando corridas de toros, los periódicos de Madrid olvidados en los divanes de hule y una guitarra en un rincón, hacían de esta tienda un pedazo de España para los vagabundos del Mediterráneo.

Ferragut, antes de partir, quiso entregar sus barbas al tijereteo del verboso maestro. Cuando, pasada una hora, pudo salir de la barbería, arrancándose á las interminables despedidas del dueño, siguió una amplia calle entre dos filas de docks, solitaria y silenciosa.

Las puertas corredizas de acero estaban cerradas y selladas. Los almacenes, vacíos y sonoros como naves de catedral, exhalaban aún los fuertes olores de los géneros que habían guardado en tiempo de paz: vainilla, canela, rollos de cuero, nitratos y fosfatos para abonos químicos.

No vió en toda la calle mas que un hombre que venía hacia él dando la espalda á la dársena. Entre las dos largas paredes de ladrillos surgía el muelle en el fondo, con montañas de mercancías, escuadras de cargadores negros, vagones y carros. Más allá estaban los cascos de los buques, sustentando un bosque de palos y chimeneas, y en último término la muralla amarilla del malecón exterior y el cielo recién lavado por la lluvia, con un rebaño de nubecillas blancas y plácidas como sedosos carneros.

El hombre que volvía del puerto y caminaba con los ojos fijos en Ferragut se detuvo de pronto, y girando sobre sus talones volvió hacia el muelle... Este movimiento despertó la curiosidad del capitán, aguzando sus sentidos. Repentinamente tuvo el presentimiento de que este transeúnte era «su inglés». Iba vestido de otro modo, con menos elegancia; sólo podía ver su espalda alejándose rápidamente, pero su instinto fué en este momento superior á sus ojos... No necesitaba mirar: era el inglés.

Y sin saber por qué, apresuró el paso para alcanzarle. Luego corrió francamente, al considerar que estaba solo en la calle y el otro había desaparecido doblando la esquina.

Cuando Ferragut salió al muelle, pudo ver cómo se alejaba con un paso elástico que casi era una fuga. Había ante él una cordillera de fardos amontonados, con tortuosos desfiladeros. Iba á perderlo de vista: le sería difícil encontrarle un minuto después.

El capitán vaciló. «¿Qué motivo tenía para acosar á este desconocido?...» Y en el preciso momento que se formulaba esta pregunta, el otro retuvo un poco su marcha para volver la cabeza y darse cuenta de si le seguían.