Los hombres de los buques eran los más furiosos, por lo mismo que arrostraban á todas horas la traidora asechanza submarina. «¡Ah, bandido!...» Muchos puños cayeron sobre él, haciéndole bambolear bajo sus golpes. Cuando el preso quedó resguardado por los pechos de varios suboficiales, Ferragut pudo verle de cerca, con una sien manchada de sangre y una expresión fría y altiva en los ojos. Entonces se dió cuenta de que llevaba teñidos los cabellos.

Había huído por salvarse, se había mostrado humilde y medroso al ser alcanzado, creyendo que aún le era posible mentir. Pero el papel que deseaba hacer desaparecer dentro de su boca estaba en manos de los enemigos... ¡Resultaba inútil fingir más!...

Y se irguió orgulloso, como todo hombre de guerra que considera su muerte cierta. Reaparecía el oficial de casta, mirando con altivez á sus perseguidores anónimos, implorando únicamente protección de los kepis con galón de oro.

Sus ojos quedaron inmóviles al descubrir á Ferragut. Le contemplaron fijamente, con una insolencia glacial y desdeñosa. Sus labios se movieron con la misma expresión de menosprecio.

No decían nada, pero el capitán adivinó sus palabras sin sonido... Le insultaban. Era el insulto del hombre de jerarquía superior al siervo infiel; el orgullo del oficial noble que se acusa á sí mismo por haber fiado en la lealtad de un simple marino mercante.

—¡Traidor!... ¡traidor!—parecían decirle sus ojos insolentes, su boca murmurante y sin voz.

Ulises se encolerizó ante esta altivez. Pero su cólera fué glacial, una cólera que se contiene viendo al enemigo privado de defensa.

Avanzó hacia él como uno de los muchos que le insultaban mostrándole el puño. Su mirada sostuvo la mirada del alemán, y le habló en español con voz sorda.

—¡Mi hijo... mi único hijo murió hecho pedazos en el torpedeamiento del Californian!

Estas palabras hicieron cambiar el rostro del espía. Sus labios se separaron, lanzando una leve exclamación de sorpresa.