Ulises quedó indeciso, mirando la cara grave del marino encuadrada por una barba gris. Este hombre inspiraba confianza. Podía responder negativamente á tales preguntas; le sería difícil al alemán probar sus afirmaciones; pero prefirió decir la verdad, con la sencillez del que no intenta disimular su culpa, describiéndose tal como había sido, ciego de torpe pasión, arrastrado por los artificios amorosos de una aventurera.
—¡Las mujeres!... ¡ah, las mujeres!—murmuró el jefe francés con sonrisa melancólica, como un magistrado que no pierde de vista las debilidades humanas y ha participado de ellas.
Sin embargo, el delito de Ferragut era de importancia. Había ayudado á la implantación del ataque submarino en el Mediterráneo... Pero cuando el capitán español contó cómo había sido él una de las primeras víctimas, cómo había muerto su hijo en el torpedeamiento del Californian, el juez pareció conmoverse, mirándolo con ojos menos severos.
Luego relató su encuentro con el espía en el puerto de Marsella.
—He jurado—dijo finalmente—dedicar mi buque y mi vida á causar todo el daño que pueda á los asesinos de mi hijo... Ese hombre me denuncia para vengarse. Reconozco que mi ceguera amorosa me arrastró á un delito que no olvidaré nunca. Bastante castigado estoy con la muerte de mi hijo... pero no importa: que me sentencien también los hombres.
El jefe quedó en profunda reflexión, con la frente en una mano y el codo en la mesa. Ferragut conocía la justicia militar, expedita, intuitiva, pasional, atenta á sentimientos que apenas tienen valor en otros tribunales, juzgando por los movimientos de la conciencia más que por la letra de las leyes, y capaz de fusilar á un hombre con la misma prontitud que emplea para dejarlo en libertad.
Cuando los ojos del juez volvieron á fijarse en él, tenían una luz afectuosa. Había sido culpable, no por dinero ni por traición, sino enloquecido por una mujer. ¿Quién no tenía en su historia algo semejante?... «¡Ah, las mujeres!», repitió el francés, como si lamentase la más terrible de las esclavitudes... Pero bastante pena había sufrido con la pérdida de su hijo. Además, á él le debían el descubrimiento y el arresto de un espía importante.
—La mano, capitán—acabó diciendo, mientras le tendía su diestra—. Todo lo que hemos hablado queda entre los dos: es como una confesión. Yo me entenderé con el Consejo de guerra... Siga usted prestando sus servicios á nuestra causa.
Y Ferragut no se vió inquietado más por el asunto de Marsella. Tal vez le vigilaban discretamente y no le perdían de vista hasta convencerse de su completa inocencia. Pero esta vigilancia que él presentía nunca se hizo sentir ni le acarreó molestia alguna.
En el tercer viaje á Salónica, el capitán de navío le vió una vez de lejos, saludándole con su grave sonrisa. Y no supo más del espía.