Empezaba la buena estación. Los árboles añosos de la Rambla se cubrían de hojas, y en sus frondas nacientes chillaban miles de pájaros con la tenacidad ensordecedora de las cigarras, persiguiéndose de tronco en tronco, dejando caer sobre la muchedumbre que circulaba por abajo el olvido casi líquido de sus flojos intestinos.

El capitán, mirando á las señoras con mantilla que llegaban en busca de un ramo, creía percibir el perfume de su carne matinal recién salida del sueño y refrescada por este ambiente de jardín. En Ferragut, el deseo de la mujer predominaba sobre todas las emociones. Ninguna situación, por angustiosa que fuese, le dejaba insensible á los atractivos femeninos.

Una mañana, avanzando lentamente entre la muchedumbre, notó que le seguía una mujer. Varias veces le cortó el paso sonriéndole, buscando un pretexto para entablar conversación. Tal insistencia no podía enorgullecerle. Era una hembra cuarentona, de pecho prominente y sueltas ancas, una cocinera con la cesta en el brazo, igual á muchas otras que pasaban por la Rambla de las Flores para unir un ramo á la diaria compra de víveres.

Al darse cuenta de que el marino no se conmovía con sus sonrisas y las miradas de sus ojos claros, se plantó ante él, hablándole en catalán.

—¿Es usted, y perdone, un capitán de barco al que llaman don Ulises?...

Se entabló la conversación. La cocinera, convencida de que era él, siguió hablando con sonriente misterio. Una señora muy hermosa deseaba verle... Y le dió las señas de una «torre» situada al pie del Tibidabo, en una barriada de reciente construcción. Podía hacer su visita á las tres de la tarde.

—Venga, señor—añadió con una mirada de dulce promesa—. No se arrepentirá del viaje.

Fueron inútiles todas las preguntas. La mujer no quiso decir más. Lo único que pudo entrever en sus evasivas fué que la persona que la enviaba se había separado de ella al ver al capitán.

Cuando se alejó la mensajera quiso seguirla, pero la gorda comadre volvió repetidas veces la cabeza. Su astucia estaba habituada á burlar persecuciones, y sin que Ferragut pudiera darse cuenta de cómo fué su desaparición, se escabulló entre los grupos cerca de la plaza de Cataluña.

«No iré», fué lo primero que se dijo Ulises al quedar solo.