Sabía lo que significaba esta invitación. Recordó un sinnúmero de antiguas é inconfesables amistades que tenía en Barcelona: mujeres que había conocido en otros tiempos, entre dos viajes, sin pasión alguna, por su curiosidad de vagabundo ansioso de novedades. Tal vez una de ellas le había visto en la Rambla, enviándole á esta intermediaria para reanudar viejas relaciones. El capitán debía gozar fama de rico, ahora que todo el mundo hacía comentarios sobre los formidables negocios realizados por los dueños de buques.
«No iré», volvió á decirse con energía. Consideraba una molestia inútil acudir á esta entrevista, para encontrar la sonrisa mercenaria de un rostro conocido y olvidado.
Pero la insistencia del recuerdo y la misma tenacidad con que se repitió su promesa de no acudir á la cita empezaron á hacer sospechar á Ferragut que bien podría ser que fuese á ella.
Después del almuerzo su voluntad flaqueó. No sabía qué hacer durante la tarde. Su única distracción era visitar á sus primos en sus escritorios ó pasear por la Rambla. ¿Por qué no ir?... Tal vez se engañaba, y la entrevista fuese interesante. De todos modos, tenía el recurso de retirarse después de una breve conversación sobre el pasado... Su curiosidad estaba excitada por el misterio.
Y á las tres de la tarde tomó un tranvía, que le condujo á los nuevos barrios surgidos al pie del Tibidabo.
La burguesía comercial había cubierto estos terrenos con una floración arquitectónica hija legítima de su fantasía. Tenderos y fabricantes querían tener una casa de placer—llamada «torre» tradicionalmente—para descansar los domingos y hacer alarde al mismo tiempo de su prosperidad. Las había góticas, árabes, griegas y persas. Los más patriotas se confiaban á la inspiración de ciertos arquitectos que habían inventado un arte catalán, con ojivas, almenas y coronas de conde. Estas coronas medioevales, que se repetían hasta en los remates de los reverberos, eran el eterno tema decorativo de una ciudad industrial poco dada á los ensueños y áspera para la ganancia.
Ferragut avanzó por una calle solitaria, entre dos filas de árboles de fresco trasplante, que empezaban á dar su primer estirón. Miraba las fachadas de las «torres», hechas de bloques de cemento imitando la piedra de las viejas fortalezas, ó con azulejos que representaban paisajes de ensueño, flores absurdas, ninfas azuladas.
Al descender del tranvía había adoptado una resolución. Sólo deseaba ver la casa exteriormente. Tal vez esto le ayudase á descubrir quién era la mujer. Luego seguiría adelante.
Pero al llegar á la «torre» cuyo número guardaba en su memoria y detenerse unos segundos ante su arquitectura de castillete feudal, que hacía presentir un interior semejante á los salones de las cervecerías, vió que se abría la puerta, apareciendo en ella la misma mujer que le había hablado en la Rambla de las Flores.
—Entre usted, capitán.