—No, déjame así—murmuró ella—. Prefiero estar á tus pies. Soy tu esclava... tu cosa. Pégame más, si eso calma tu cólera.

Quiso afirmar su humildad avanzando hacia él los labios con un beso tímido, de sierva agradecida.

—¡Ah, no!... ¡no!

Ulises, para huir de esta caricia, se puso de pie con violencia.

Sintió otra vez odio contra la mujer que recobraba poco á poco sus sentidos. Al cesar el chorreo de la sangre se había extinguido su compasión.

Ella, adivinando sus pensamientos, sintió la necesidad de hablar.

—Haz de mí lo que quieras... no me quejaré. Tú eres el primer hombre que me ha pegado... ¡y no me he defendido! No me defenderé aunque vuelvas á golpearme... De ser otro, habría contestado á la agresión; ¡pero tú!... ¡te he hecho tanto daño!...

Calló unos momentos. Estaba arrodillada ante él en actitud suplicante, con el cuerpo descansando sobre los talones. Tendía los brazos al hablar con una voz doliente y monótona, igual á la de los espectros en las apariciones de teatro.

—He vacilado mucho antes de verte—continuó—. Temía tu cólera; estaba segura que en el primer momento te dejarías arrastrar por tu carácter, y me daba miedo la entrevista... Te he espiado desde que supe que estabas en Barcelona; he aguardado cerca de tu casa; muchas veces te he visto á la puerta de un café y he tomado la pluma para escribirte; pero temí que no acudieras al conocer mi letra, ó que despreciaras una carta de otra mano... Esta mañana, en la Rambla, no pude contenerme por más tiempo, y te envié á esa mujer, y he pasado unas horas crueles sospechando que no vendrías... Al fin te veo, y nada me importan tus violencias... ¡Gracias, muchas gracias por haber venido!

Ferragut permaneció inmóvil, con la mirada perdida, como si no oyese su voz.