—Necesitaba verte—siguió diciendo ella—. Se trata de tu existencia. Te has colocado enfrente de un poder inmenso que puede aplastarte: tu pérdida está decidida. Eres un hombre solo, y desafías, sin saberlo, á una organización grande como el mundo... El golpe aún no ha caído sobre ti, pero caerá de un momento á otro; tal vez hoy mismo; yo no puedo saberlo todo... Por esto necesitaba verte, para que te pongas á la defensiva, para que huyas si es preciso.

El capitán levantó los hombros sonriendo con desprecio, como siempre que le hablaban de peligros aconsejándole prudencia. Además, no creía nada de aquella mujer.

—¡Mentira!—dijo sordamente—. ¡Todo mentira!...

—No, Ulises; óyeme. Tú no sabes el interés que me inspiras. Eres el único hombre que he amado... No sonrías así: me da miedo tu incredulidad... El remordimiento va unido á mi pobre amor; ¡te he hecho tanto daño!... Odio á los hombres, ansío causarles todo el mal que pueda, pero existe una excepción: ¡tú!... Todos mis deseos de felicidad son para ti; mis ensueños sobre el porvenir tienen siempre como centro tu persona... ¿Quieres que permanezca indiferente al verte en peligro?... No, no miento... Todo lo que te diga esta tarde es la verdad; ya no podré mentirte nunca. Bastante me pesan mis artificios y embustes que te atrajeron la desgracia... Vuelve á pegarme, trátame como á la peor de las mujeres, pero cree cuanto yo te diga; sigue mis consejos.

Continuó el marino en su actitud de indiferencia y menosprecio. Las manos le temblaban, impacientes. Iba á marcharse; no quería oírla más... ¿Le había buscado para infundirle miedo con sus peligros imaginarios?...

—¿Qué has hecho, Ulises?... ¿qué has hecho?—siguió diciendo Freya con desesperación.

Sabía todo lo ocurrido en el puerto de Marsella, é igualmente lo sabían los infinitos agentes que trabajaban por la mayor gloria de Alemania. El marino Von Kramer, desde su encierro, había hecho conocer el nombre de su delator. Ella se lamentó de la franqueza vehemente del capitán.

—Comprendo tu odio: no puedes olvidar el torpedeamiento del Californian... Pero debías haber denunciado á Von Kramer anónimamente, sin que él supiese de quién partía la acusación... Has procedido como un loco, como un meridional; eres un carácter arrebatado que no teme el mañana.

Ulises hizo un gesto de desprecio. El no gustaba de tapujos y traiciones: su procedimiento era el mejor. Lo único que lamentaba era que este asesino del mar viviese aún; no haber podido matarlo por su propia mano.

—Tal vez no vive ya—prosiguió ella—. El Consejo de guerra lo ha condenado á muerte. Ignoramos si la sentencia se ha cumplido; pero lo van á fusilar de un momento á otro, y todos en nuestro mundo saben que eres tú el verdadero autor de su desgracia.