Se asustaba al pensar en el odio acumulado por este hecho y en la próxima venganza. El nombre de Ferragut era objeto en Berlín de una atención especial; en todas las naciones de la tierra lo repetían en aquellos momentos los batallones civiles de hombres y mujeres encargados de trabajar por el triunfo germánico. Los comandantes de los submarinos se pasaban informes acerca de su buque y su persona. Había osado atacar al Imperio más grande de la tierra, él, un hombre solo, un simple capitán mercante, privando al kaiser de uno de sus más valiosos servidores.

—¿Qué has hecho, Ulises?... ¿qué has hecho?—dijo otra vez.

Y Ferragut acabó por reconocer en esta voz un verdadero interés por su persona, un miedo enorme ante los peligros de que le creía amenazado.

—Aquí mismo, en tu país, te alcanzará su venganza. ¡Huye! No sé adónde podrás ir para verte libre de ellos; pero créeme... ¡huye!

El marino salió de su despectiva indiferencia. La cólera dió un brillo hostil á su mirada. Se indignó al pensar que aquellos extranjeros podían perseguirle en su patria: era como si le atacasen dentro de su mismo hogar. El orgullo nacional aumentó su cólera.

—¡Que vengan!—dijo—. Me gustaría verlos hoy mismo.

Y miró en torno, cerrando los puños, como si fuesen á surgir de las paredes estos adversarios innumerables y desconocidos.

—También á mí empiezan á considerarme como á una enemiga—continuó la mujer—. No me lo dicen, porque entre nosotros es cosa corriente ocultar los pensamientos; pero lo adivino en la frialdad que me rodea... La doctora sabe que te amo lo mismo que antes, á pesar de la cólera que ella siente contra ti. Los otros hablan de tu «traición», y yo protesto, porque no puedo tolerar esta mentira... ¿Por qué traidor?... Tú no eres de los nuestros; tú eres un padre que ansía vengarse. Los traidores somos todos nosotros: yo, que te compliqué en una aventura fatal; ellos, que me empujaron hacia ti para aprovechar tus servicios.

La vida en Nápoles resurgía en su memoria, y sintió la necesidad de explicar sus actos.

—Tú no has podido comprenderme; ignorabas la verdad... Cuando te encontré en el camino de Pestum fuiste para mí un recuerdo del pasado, un fragmento de mi juventud, de la época en que sólo conocía vagamente á la doctora y no me había comprometido aún en el servicio de «informaciones»... Al principio me entretuvo tu entusiasmo amoroso. Representabas una diversión interesante con tus galanteos á la española, esperándome fuera del hotel para asediarme con tus promesas y juramentos. Me aburría durante la espera forzosa en Nápoles. Tú, por tu parte, también te veías forzado á esperar, y buscabas en mi persona un recreo agradable... Un día comprendí que me interesabas verdaderamente, como ningún otro hombre me había interesado... Adiviné que iba á amarte.