El capitán volvió á levantar los hombros con expresión de desprecio.
—¡Huye, te repito!... Y si puedes, si te inspiro un poco de compasión, si no te soy completamente indiferente... ¡llévame contigo!
Adivinó Ferragut que todo lo dicho era para llegar á este ruego final. La inesperada demanda le produjo una impresión de asombro y escándalo. ¿Huir con ella, que tanto daño le había causado?... ¿Unir otra vez su vida á la suya, conociéndola como la conocía?...
Era tan absurda la proposición, que el capitán sonrió de un modo lúgubre.
—Yo estoy en peligro lo mismo que tú—continuó Freya con acento desesperado—. No sé cuál es el peligro que me amenaza ni de qué parte vendrá, pero lo adivino, lo presiento sobre mi cabeza... De nada puedo servirles; ya no les inspiro confianza y sé muchas cosas. Poseo demasiados secretos para que me abandonen, dejándome en paz; han acordado suprimirme: estoy segura de ello. Lo leo en los ojos de la que fué mi amiga y protectora... Tú no puedes abandonarme, Ulises; tú no desearás mi muerte.
Se indignó Ferragut ante estas súplicas, rompiendo al fin su desdeñoso silencio.
—¡Comedianta!... ¡Todo mentira!... ¡Inventos para juntarte conmigo, haciéndome intervenir otra vez en los enredos de tu vida, mezclándome en tus trabajos de espionaje!...
El marchaba ahora por la buena senda. Sus deseos de venganza le habían colocado entre los adversarios de Alemania. Lamentaba su antigua ceguera y estaba satisfecho de su nueva situación. No hacía secreto de su conducta: servía á los aliados.
—Y por eso me buscas, por eso has arreglado esta entrevista, tal vez de acuerdo con tu amiga la doctora. Queréis emplearme por segunda vez como instrumento estúpido de vuestro espionaje. «El capitán Ferragut es un tonto enamorado—os habéis dicho—. No hay mas que hacer un llamamiento á su caballerosidad...» Y tú quieres vivir conmigo, tal vez acompañarme en los viajes, seguir mi existencia, para revelar mis secretos á tus compatriotas y que aparezca yo de nuevo como un traidor. ¡Ah, perra!...
Esta supuesta traición despertaba otra vez su cólera homicida. Levantó un brazo y un pie; iba á golpear y aplastar á la mujer arrodillada. Pero su pasiva humildad, su falta de resistencia, le detuvieron.