—No, Ulises... ¡óyeme!
Hizo esfuerzos para demostrar su sinceridad. Tenía miedo á los suyos: los veía á una nueva luz y le inspiraban horror. Su modo de apreciar las cosas había cambiado radicalmente. La martirizaban los remordimientos al pensar en lo que llevaba hecho. Se estaba realizando en su conciencia la saludable transformación de las mujeres arrepentidas que fueron antes grandes pecadoras. ¿Cómo lavar su alma de los pasados crímenes?... Ni siquiera gozaba el consuelo de la fe patriótica, sanguinaria y feroz que enardecía á la doctora y á los suyos.
Había reflexionado mucho. Para ella no había ya alemanes, ni ingleses, ni franceses; sólo existían hombres: hombres con madres, con esposas, con hijas; y su alma de mujer se horrorizaba al pensar en los combates y las matanzas. Odiaba la guerra. El primer remordimiento lo había experimentado al enterarse de la muerte del hijo de Ferragut.
—¡Llévame contigo!—repitió—. Si tu no me sacas de mi mundo, no sabré cómo salir de él... Soy pobre. En los últimos años me ha sostenido la doctora; ignoro el medio de ganar mi existencia y estoy habituada á vivir bien. La miseria me inspira más miedo que la muerte. Tú me mantendrás; contigo aceptaré lo que quieras darme; seré tu criada. En un buque deben necesitarse los cuidados y el buen orden de una mujer... La vida me cierra las puertas: estoy sola.
El capitán sonrió con una ironía cruel.
—Adivino tu sonrisa. Sé lo que quieres decirme... Puedo venderme; crees sin duda que esta ha sido mi vida anterior. No... ¡no! te equivocas; no sirvo para eso. Hay que tener una predisposición especial, cierto talento para fingir lo que no se siente... Yo he intentado venderme, y no puedo, no sirvo. Amargo la vida de los hombres cuando no me interesan; soy su adversario, los odio, y huyen de mí.
Pero el marino prolongaba su sonrisa atrozmente burlona.
—¡Mentira!—dijo otra vez—. ¡Todo mentira! No te esfuerces... No me convencerás.
Como si la animase de pronto una nueva fuerza, ella se puso de pie. Su rostro quedó á la altura de los ojos de Ferragut. Este vió su sien izquierda con la piel desgarrada: la mancha del golpe se extendía en torno de un ojo rojizo é hinchado. Al contemplar su bárbara obra, volvió á atormentarle el remordimiento.
—Escucha, Ulises; tú no conoces mi verdadera existencia. Te he mentido siempre; he escapado á todas tus averiguaciones en nuestra época feliz. Quería guardar en secreto mi vida anterior... ¡olvidarla! Ahora debo decir la verdad, la definitiva verdad, como si fuese á morir. Cuando la conozcas serás menos cruel.