Pero su oyente no quería escucharla. Protestó por anticipado, con una incredulidad feroz:
—¡Mentiras!... ¡Nuevas mentiras! ¿Cuándo terminarán tus invenciones?
—Yo no soy alemana—continuó ella sin oírle—. Tampoco me llamo Freya Talberg. Este es mi nombre de guerra, mi nombre de aventuras. Talberg fué el profesor á quien acompañé á los Andes, y que tampoco fué mi marido... Mi verdadero nombre es Beatriz... Mi madre fué italiana, una florentina; mi padre era de Trieste.
Esta revelación no interesó á Ferragut.
—¡Un embuste más!—dijo—. ¡Otra novela!... Sigue inventando.
La mujer se desesperó. Sus manos se elevaron sobre su cabeza, retorciéndose con los dedos entrecruzados. Nuevas lágrimas humedecieron sus ojos.
—¡Ay! ¿Cómo conseguiré que me creas?... ¿Qué juramento podré hacerte para que te convenzas de que digo verdad?...
El capitán dió á entender con su aire impasible la inutilidad de estos extremos. No había juramento que pudiese convencerle. Aunque dijera la verdad, no la creería.
Siguió ella adelante en su relato, no queriendo insistir contra esta muralla inconmovible.
—Mi padre también fué italiano de origen, pero por su nacimiento era austriaco... Además, le inspiraban un entusiasmo ciego los Imperios germánicos. Era de los que abominan de su origen y ven todas las virtudes en los pueblos del Norte.