De tarde en tarde un hombre de lento paso entraba en el círculo de un reverbero, brillando el cañón de su fusil. Otros estaban como en acecho entre los montones de la descarga. Eran carabineros y guardianes del puerto.
Sintió repentinamente el capitán un aviso de su instinto. Le seguían... Se detuvo en la sombra, pegado á un montón de fardos, y vió á unos hombres que avanzaban en su misma dirección, pasando rápidamente por el borde de la mancha roja de un foco eléctrico para no quedar bajo su lluvia de luz.
Le fué imposible reconocerlos, y á pesar de ello, tuvo la certeza de que eran los enemigos vistos en el bar.
Su buque estaba lejos, junto al muelle más desierto á aquellas horas. «Has hecho una tontería», se dijo mentalmente.
Empezó á arrepentirse de su audacia; pero ya era tarde para volver atrás. La ciudad se hallaba más lejos que el vapor, y sus enemigos caerían sobre él tan pronto como le viesen retroceder. ¿Cuántos eran?... Esto le preocupaba únicamente.
«¡Adelante!... ¡adelante!», gritó su orgullo.
Había sacado el revólver: lo llevaba en su diestra, con el cañón por delante. En la soledad no había por qué guardar los miramientos y prudencias de la vida civilizada. La noche le envolvía con todas las asechanzas de una selva virgen, mientras brillaba ante sus ojos una gran ciudad coronada de diamantes eléctricos, esparciendo en la negrura del espacio un halo de incendio.
Tres veces pasó junto á los carabineros solitarios, pero no quiso hablarles. «¡Adelante! Sólo las mujeres deben pedir apoyo...» Además, tal vez sufría una alucinación; en realidad, no podía afirmar que le persiguiesen.
A los pocos pasos se desvaneció esta duda: sí que le perseguían. Sus sentidos, aguzados por el peligro, tuvieron la misma percepción del jabalí que presiente la jauría intentando cerrarle el paso. A su derecha tenía el agua; á su izquierda trotaban hombres por detrás de los montones de la descarga queriendo salir á su encuentro; detrás avanzaban otros para impedir su retirada.
Podía correr, adelantándose á los que intentaban envolverle; pero ¿un hombre debe correr teniendo un revólver en la mano?... Los que venían detrás se lanzarían en su persecución. Una cacería humana iba á desarrollarse en la noche, y él, Ferragut, sería el gamo acosado por la canalla del bar. «¡Ah, no!...» El capitán se acordó de Von Kramer galopando míseramente en pleno día por los muelles de Marsella... Si lo habían de matar, que no fuese huyendo.