—¡Dueño mío!—murmuró con una voz de pordiosera—. ¡Abre!... No me abandones. Piensa que voy hacia la muerte si tú no me salvas.

Ferragut la oyó, y para huir de su gemido fué alejándose hasta el fondo del camarote. Luego abrió el ventano redondo que daba sobre la cubierta, ordenando á un marinero que buscase al segundo.

¡Don Antòni! ¡don Antòni!—gritaron varias voces á lo largo del buque.

Llegó Tòni, pegando su cara al redondel para recibir las quejas furiosas de su capitán. «¿Por qué le habían dejado solo con aquella mujer?... Debían sacarla del buque inmediatamente, aunque fuese á viva fuerza... El lo mandaba.»

El piloto se alejó con aire azorado, rascándose la barba lo mismo que si acabase de recibir una orden de difícil ejecución.

—¡Sálvame, amor mío!—seguía gimiendo el susurro implorante—. Olvida quién soy... Piensa únicamente en la de Nápoles... en la que conociste en Pompeya... Acuérdate de nuestra felicidad á solas, de las veces que me juraste no abandonarme nunca... ¡Tú eres un caballero!

Calló un momento la voz. Ferragut oyó pasos al otro lado de la puerta. Tòni cumplía sus órdenes.

Pero la súplica volvió á reanudarse á los pocos instantes, reconcentrada, tenaz, atenta únicamente á su deseo, despreciando los nuevos obstáculos que venían á interponerse entre ella y el capitán.

—¿Tanto me odias?... Acuérdate de la felicidad que te di: tú mismo me juraste que nunca habías sido tan dichoso. Puedo resucitar otra vez el pasado. Tú no sabes de lo que soy capaz por hacerte dulce la existencia... ¡Y quieres perderme!...

Sonó un choque en la puerta, un roce de cuerpos que se empujaban, una frotación de lucha contra la madera.