Tòni había entrado, seguido de Caragòl.

—Ya hay bastante, señora—dijo con voz torva, para disimular su emoción—. ¿No se da cuenta de que el capitán no quiere verla?... ¿no comprende que está estorbando?... Vamos... ¡arriba!

Intentó ayudarla á incorporarse, separando su boca de la cerradura; pero Freya repelió con facilidad al vigoroso marino. Parecía falto de fuerzas, sin valor para repetir su ruda acción. Le inspiraba miedo la hermosura de esta mujer; estaba estremecido aún por el contacto de las firmes redondeces que acababa de rozar durante la corta lucha. Su virtud soñolienta había sufrido el tormento de una resurrección sin objeto. «¡Ah, no!... Que se encargasen otros de expulsarla.»

—¡Ulises, me echan!—gritó ella pegando otra vez su boca á la cerradura—. ¿Y tú, amor mío, lo permites?... ¿tú que tanto me amabas?...

Después de este llamamiento desesperado permaneció silenciosa unos instantes. La puerta se mantuvo inmóvil: detrás de ella no parecía existir ningún ser viviente.

—¡Adiós!—continuó en voz baja, con la garganta hinchada de sollozos—. Ya no me verás... Voy á morir pronto: me lo dice el corazón... ¡Moriré por ti!... Tal vez llores algún día pensando que pudiste salvarme.

Alguien había intervenido para arrancar á Freya de su rebelde inmovilidad. Era Caragòl, solicitado por los ojos implorantes del piloto.

Sus manazas la ayudaron á levantarse, sin que ella repitiese la protesta que había repetido á Tòni. Vencida y derramando lágrimas, pareció someterse á la ayuda paternal y los consejos del cocinero.

—¡Arriba, buena señora!—dijo Caragòl—. Un poco de ánimo y no llore... Para todo hay consuelo en este mundo.

Encerró en su abultada diestra las dos manos de ella, y pasando el otro brazo por su talle, la fué dirigiendo poco á poco hacia la salida del salón.