—Los tiempos no son malos. Se gana dinero en el mar: más que nunca. Yo soy de Valencia. Hemos venido tres barcas de allá con vino y arroz. Viaje bueno, pero hay que navegar pegados á la costa, siguiendo la curva de los golfos, sin atreverse á pasar de cabo á cabo por miedo á los submarinos... Yo he encontrado á un submarino.

Ulises adivinó que las últimas palabras del patrón contenían el móvil que le había hecho aproximarse, venciendo su timidez.

—No fué en este viaje ni en el anterior—continuó el hombre de mar—. Me encontré con él dos días antes de la última Navidad. Yo, en invierno, me dedico á la pesca: soy propietario de una pareja de barcas del bòu... Estábamos cerca de las islas Columbretas, cuando de pronto vimos aparecer un submarino cerca de nosotros. Los alemanes no nos hicieron daño; lo único enojoso fué que tuvimos que entregarles una parte de nuestra pesca por lo que quisieron darnos. Luego me ordenaron que saltase á la cubierta del submarino para responder al comandante. Era un joven que hablaba el castellano como yo lo he oído hablar allá en las Américas, cuando de chico navegaba en un bergantín.

Se detuvo el patrón, algo cohibido, como si dudase en seguir su relato.

—¿Y qué dijo el alemán?—preguntó Ferragut para incitarle á continuar.

—Al enterarse de que yo era valenciano, me dijo si lo conocía á usted. Me preguntó por su vapor, queriendo saber si navegaba frente á la costa española. Yo le contesté que la conocía de nombre nada más, y él, entonces...

El capitán le animó con su sonrisa al ver que vacilaba de nuevo.

—Le habló mal de mí, ¿no es cierto?

—Sí, señor; muy mal, con palabras muy feas. Dijo que tenía una cuenta que arreglar con usted y que deseaba ser el primero en encontrarle. Según dió á entender, los otros submarinos también le buscan... Sin duda es una orden.

Se cruzó una larga mirada entre Ferragut y su segundo. Mientras tanto, el patrón seguía sus explicaciones.