Los dos amigos que le esperaban á pocos pasos habían visto muchas veces al capitán en Barcelona y en Valencia. Uno de ellos lo había reconocido inmediatamente; otro dudaba que fuese él; y por deber de conciencia, el viejo patrón volvía atrás para darle este aviso.

—Entre paisanos debemos ayudarnos... ¡Los tiempos son malos!

Al verle de pie, sus dos camaradas se aproximaron sonriendo á Ferragut, «¿Qué deseaban tomar?» Les invitó á sentarse en torno de su mesa; pero tenían prisa: iban á ver al consignatario de sus barcas.

—Ya lo sabe, capitán—dijo el patrón al despedirse—. Esos demonios le buscan para jugarle una mala pasada. Usted sabrá por qué... ¡Mucho ojo!

En el resto de la tarde hablaron poco Ferragut y Tòni. Los dos tenían en el cerebro iguales pensamientos, pero evitaban su exteriorización por un pudor de hombres enérgicos, temiendo que fuesen interpretados como preocupaciones del miedo.

Al cerrar la noche, cuando se retiraban al vapor, el piloto se atrevió á romper este silencio.

—¿Por qué no abandonas la navegación?... Eres rico; además, te darán por tu buque lo que pidas. Hoy se pagan los barcos como si fuesen de oro.

Ulises levantó los hombros. No pensaba en el dinero: ¿de qué podía servirle?... El resto de su vida deseaba pasarlo en el mar, dando ayuda á los enemigos de sus enemigos. Tenía una venganza que cumplir; viviendo en tierra abandonaba esta venganza y sentiría con más intensidad el recuerdo de su hijo.

El segundo calló unos instantes.

—¡Son tantos los enemigos!...—dijo luego con desaliento—. ¡Somos nosotros tan poca cosa!... Por unos cuantos metros no nos han echado á pique en el último viaje. Lo que no ha sido ahora será cualquier día... Ellos han jurado acabar contigo; y son muchos... y son de guerra. ¿Qué podemos nosotros, pobres marinos de paz?...