Tòni no añadió nada, pero sus ideas silenciosas fueron adivinadas por Ulises.

Pensaba en su familia, que vivía allá en la Marina una existencia de continua ansiedad viéndole á bordo de un buque acechado por irresistibles amenazas. Pensaba también en las esposas y las madres de todos los hombres de la tripulación, que sufrían idénticas angustias. Y Tòni se preguntaba por primera vez si el capitán Ferragut tenía derecho á arrastrarlos á todos á una muerte segura, por su testarudez vengativa y loca.

«No, no tengo derecho», se dijo Ulises mentalmente.

Pero al mismo tiempo, el segundo, arrepentido de sus anteriores reflexiones, afirmaba en voz alta, con una sencillez heroica:

—Si te aconsejo que te retires, es por tu bien; no creas que es por miedo... Yo te seguiré mientras navegues. Alguna vez he de morir, y mejor es que sea en el mar. Únicamente me preocupa la suerte de mi mujer y mis hijos.

El capitán siguió marchando silenciosamente, y al llegar al buque habló con brevedad. «Pensaba hacer algo que tal vez gustase á todos. Antes de una semana habría decidido su porvenir.»

Los días siguientes los pasó en tierra. Dos veces volvió con unos señores que examinaron el vapor minuciosamente, bajando á las máquinas y á las bodegas. Algunos de estos visitantes parecían expertos en las cosas del mar.

«Quiere vender el barco», se dijo Tòni.

Y el piloto empezó á arrepentirse de sus consejos. ¡Abandonar el Mare nostrum, que era el mejor de todos los buques en que había servido!... Se acusó de cobardía, creyendo que era él quien había impulsado al capitán á tomar esta decisión. ¿Qué iban á hacer en tierra los dos cuando el vapor fuese de otros?... ¿No tendría él que embarcarse en un buque inferior, corriendo los mismos riesgos?...

Estaba decidido á deshacer su obra, á aconsejar de nuevo á Ferragut, declarando que sus ideas eran las más acertadas y que debían seguir viviendo como hasta el presente, cuando el capitán dió la orden de partir. Aún no estaban terminadas del todo las reparaciones.