—¡Guarda ese papel, bruto!... Ya me temía yo tus protestas... Es para tus hijos y para que tú descanses. No hablemos más, ó me enfado.

Luego, para vencer sus escrúpulos, abandonó el tono violento y dijo con tristeza:

—Carezco de herederos... No sé que hacer de mi fortuna inútil.

Y repitió una vez más, como una queja contra el destino:

—¡Estoy podrido de dinero!...

A la mañana siguiente, mientras Tòni ajustaba en su camarote las cuentas de los tripulantes, asombrados de la munificencia de esta despedida, el tío Caragòl entró en el salón de popa, pidiendo hablar á Ferragut.

Se había puesto un viejo capote sobre sus ropas flácidas y escasas, más por decoro de la visita que porque realmente le hiciese sufrir el frío de Bretaña.

Despojó su esquilada cabeza del eterno sombrero de palma, fijando sus ojos rojizos en el capitán, que seguía escribiendo después de contestar á su saludo.

«¿Qué significaba cierta orden que había recibido de prepararse para dejar el buque dentro de unas horas?...» Debía ser una burla de Tòni, excelente sujeto, pero enemigo de las cosas santas, que gustaba de irritarle á causa de su piedad...

Ferragut abandonó la pluma, volviéndose hacia el cocinero, cuya suerte le había preocupado lo mismo que la del piloto.