—Tío Caragòl, nos hacemos viejos, y hay que pensar en el retiro... Voy á darle un papel; lo guardará lo mismo que si fuese una estampa bendita, y cuando lo presente en Valencia, le entregarán diez mil duros. ¿Usted sabe lo que son diez mil duros?...

Colocando su mentalidad al nivel de la de este hombre sencillo, se gozó en trazarle un plan de vida. Podía emplear su capital en cualquiera empresa modesta del puerto de Valencia: podía establecer un restorán, que pronto se haría célebre por sus olímpicos arroces. Sus sobrinos, que eran pescadores, lo recibirían como á un dios. Podía igualmente ser consocio en una pareja de barcas dedicadas á la pesca del bòu. Le esperaba una vejez feliz y honrosa; sus antiguos compañeros de navegación iban á envidiarle. Se levantaría á media mañana, iría al café, figuraría como devoto rico en todas las fiestas religiosas del Grao y del Cabañal: tendría en las procesiones un puesto de honor...

Siempre que hablaba Ferragut, le interrumpía el tío Caragòl maquinalmente para decir: «Así es, mi capitán.» Por primera vez dejó de mover la cabeza y de sonreír con su cara de sol. Estaba pálido y sombrío. Hizo con su redonda testa un signo enérgico y dijo lacónicamente:

—No, mi capitán.

Ante la mirada de asombro de Ulises, creyó necesario explicarse.

—¿Qué voy á hacer desembarcado?... ¿Quién me espera?... ¿Qué negocios ni qué familia pueden interesarme?...

Ferragut creyó escuchar un eco de sus propios pensamientos. El, como su cocinero, nada tenía que hacer en tierra... Se aburría mortalmente lejos del mar como durante los meses pasados en Barcelona cuando aún era joven y podía crearse una nueva profesión. Además, le resultaba imposible volver á su casa, reanudando la vida con su esposa: equivalía á perder sus últimas ilusiones. Era mejor contemplar de lejos todo lo que restaba en pie de su antigua existencia.

Caragòl, mientras tanto, seguía hablando. Los sobrinos no se acordaban del pobre cocinero, y él no tenía por qué preocuparse de su suerte, enriqueciéndolos. Prefería quedarse donde estaba, sin dinero y feliz.

—¡Que se vayan los otros!—dijo con un egoísmo pueril—. ¡Que se vaya Tòni!... Yo me quedo... debo quedarme. Cuando el capitán se marche, se marchará el tío Caragòl.

Ulises enumeró los grandes peligros que iba á arrostrar el buque. Los submarinos alemanes lo acechaban con mortal predilección: sostendrían combates... serían torpedeados...