La sonrisa del viejo despreció estos peligros. Tenía, la certidumbre de que nada malo podía ocurrirle al Mare nostrum. Las furias del mar resultaban impotentes contra él, y menos conseguiría aún la maldad de los hombres.
—Yo sé por qué lo digo, capitán... Estoy seguro de que saldremos sanos y salvos de todos los peligros.
Pensó en sus milagrosos amuletos, en sus estampas benditas, en la protección sobrenatural que le proporcionaban sus piadosas invocaciones. Además, tenía en cuenta el nombre latino del buque, que le había inspirado siempre un respeto religioso. Pertenecía á la lengua usada por la Iglesia, al idioma en que se ordenan los milagros y que expulsa al demonio, haciéndolo correr despavorido.
—El Mare nostrum no sufrirá desgracia. Si le cambiasen el título... tal vez. Pero mientras se llame así, ¿cómo puede ocurrirle nada malo?...
Sonriendo ante esta fe, empleó Ferragut su último argumento. Toda la tripulación iba á componerse de franceses: ¿cómo se entendería con ellos si ignoraba su idioma?...
—Yo lo sé todo—afirmó el viejo soberbiamente.
Se había entendido con los hombres en los puertos más diversos del mundo. Contaba con algo más que la lengua: con los ojos, con las manos, con su malicia expresiva de meridional exuberante y gesticulador.
—Yo soy como San Vicente Ferrer—añadió con orgullo.
Su santo sólo hablaba la lengua de Valencia, y había corrido media Europa predicando á muchedumbres de idiomas diversos, haciéndolas llorar de mística emoción y arrepentirse de sus pecados.
Mientras Ferragut tuviese el mando, él se quedaba. Si no le quería de cocinero, sería marmitón, fregaría las ollas. Lo importante era seguir pisando la cubierta del buque.