Tenía el amigo de Ferragut dos hijos en el ejército; un sobrino suyo había muerto en las trincheras; otro, piloto á bordo de un transporte, acababa de perecer en un torpedeamiento. Pasaba muchas noches sin dormir, pensando en la suerte de sus hijos que luchaban en el frente, y esta inquietud daba un tono duro y feroz á sus entusiasmos patrióticos.

—Bien muerta está... Era una mujer, y los fusilamientos de mujeres resultan penosos. Siempre causa repugnancia tratarlas como á los hombres... Pero, según me han contado, esta individua, con los avisos de su espionaje, contribuyó al torpedeamiento de diez y seis buques... ¡Ah, mala bestia!...

Y no dijo más, pasando á hablar de otra cosa. Todos mostraban igual repulsión al hacer memoria de la espía.

Ferragut acabó por participar del mismo sentimiento. Su cerebro se había partido con la dualidad contradictoria de todos los momentos críticos de su existencia. Odió á Freya pensando en sus crímenes. Recordaba como hombre de mar á los compañeros anónimos muertos en los torpedeamientos. Esta mujer había sido la preparadora inconsciente de muchos asesinatos... Y al mismo tiempo evocaba la imagen de la otra, de la amante que sabía retenerle con sus artificios en el viejo palacio de Nápoles, haciendo de la voluptuosa prisión el mejor de sus recuerdos.

«No pensemos más en ella—se dijo con energía—. Ha muerto... No existe.»

Pero ni aun después de muerta le dejaba en paz. Su recuerdo no tardó en resurgir, adhiriéndose á él con un interés trágico.

La misma tarde que habló con su amigo en el café de la Cannebière fué á la Casa de Correos para recoger la correspondencia, que se hacía enviar á Marsella. Le entregaron un grueso paquete de cartas y periódicos. Por la letra de los sobres y los timbres postales fué adivinando quiénes le escribían: una carta única de su mujer, compuesta de un solo pliego, á juzgar por su flexible delgadez; tres muy abultadas de Tòni, especie de dietarios, en los que iba relatando sus compras, sus cultivos, sus esperanzas de ver llegar al capitán; todo ello mezclado con abundantes noticias sobre la guerra y el malestar de las gentes. Además, varios pliegos de establecimientos bancarios de Barcelona dando cuenta á Ferragut del empleo de sus capitales.

De pie en la escalinata del palacio, acabó de examinar su correspondencia por la cara exterior. Era semejante á la que encontraba á la vuelta de todos sus viajes.

Iba á guardarla en los bolsillos y seguir su camino, cuando atrajo su atención un sobre voluminoso, de letra desconocida, certificado en París...

La curiosidad le hizo abrirlo inmediatamente, y vió en sus manos un verdadero fajo de hojas sueltas, un relato extenso que iba más allá de los límites de una carta. Miró el membrete impreso y luego la firma. El que le escribía era un abogado de París, y Ferragut presintió por el papel lujoso y las señas de su domicilio que debía ser un maître célebre. Hasta recordaba haber encontrado alguna vez su nombre en los periódicos.