Al sonar la palabra fatal, dió un grito, pálida, con una palidez de ceniza, y se apoyó en su abogado.

—¡Yo no quiero morir!... ¡No debo morir!... ¡Soy inocente!

Siguió gritando su inocencia, sin dar otra prueba que el desesperado instinto de su conservación. Con la credulidad del que desea salvarse, aceptó todos los consuelos problemáticos de su defensor. Quedaba el recurso de apelar á la gracia del presidente de la República: tal vez la indultase... Y firmó esta apelación con repentina esperanza.

Consiguió el abogado suspender por dos meses el cumplimiento de la sentencia visitando á muchos de sus colegas que eran personajes políticos. El deseo de salvar la vida de su cliente le atormentaba como una obsesión. Había dedicado á este asunto toda su actividad y sus influencias personales.

«¡Enamorado!... ¡enamorado como tú!», dijo con acento de burla en el cerebro de Ferragut la voz de los consejos prudentes.

Los periódicos protestaban de este retardo en la ejecución de la sentencia. Empezó á sonar en las conversaciones el nombre de Freya Talberg como un argumento contra la debilidad del gobierno. Las mujeres eran las que se mostraban más implacables.

Un día, en el Palacio de Justicia, había podido convencerse de esta animosidad general, que empujaba á su defendida hacia los fusiles de la ejecución. La mujer encargada de guardar las togas, verbosa comadre familiarizada con el trato de los abogados ilustres, le había hecho conocer sus opiniones rudamente.

—¿Cuándo matarán á esa espía?... Si fuese una pobre mujer con hijos, de las que necesitan ganar su pan, ya la habrían fusilado... Pero es una cocota elegante y con joyas; tal vez se ha acostado con los ministros. Cualquier día vamos á verla en la calle... ¡Y mi hijo que murió en Verdún!...

La prisionera, como si adivinase esta indignación pública, empezó á considerar inmediata su muerte, perdiendo poco á poco el amor á la existencia, que le hacía prorrumpir en mentiras y delirantes protestas. En vano el maître fingía esperanzas en el indulto.

—Es inútil: debo morir... Tengo derecho á que me fusilen... He causado muchos daños... Me horrorizo de mí misma al recordar todos los delitos consignados en la sentencia... ¡Y aún hay otros que ignoran!... La soledad me ha hecho conocerme tal como soy. ¡Qué vergüenza!... Debo irme: todo lo he perdido... ¿Qué me queda que hacer en el mundo?...