«Y fué entonces, querido señor—continuaba el abogado en su carta—, cuando me habló de usted, del modo como se conocieron, del daño que le hizo inconscientemente.»

Convencido de la inutilidad de sus gestiones, el maître había solicitado un último favor. Freya deseaba que la acompañase en el momento de la ejecución: esto mantendría su serenidad. Y los del gobierno prometían á su colega en el foro un aviso oportuno para que asistiese al cumplimiento de la sentencia.

Eran las tres de la madrugada y estaba en lo mejor de su sueño, cuando le despertaron unos enviados de la Prefectura de Policía. El fusilamiento iba á realizarse al amanecer: era una decisión tomada á última hora, para que los periodistas se enterasen tarde del suceso.

Un automóvil le llevó con sus acompañantes á la prisión de San Lázaro, á través de París silencioso y lóbrego. Sólo unos cuantos reverberos encapuchados cortaban con su luz macilenta la obscuridad de las calles. En la prisión se reunió con otros funcionarios de policía y muchos jefes y oficiales que representaban á la justicia militar. La sentenciada dormía aún en su celda, ignorando lo que iba á ocurrir.

Marcharon en fila por los corredores de la cárcel los encargados de despertarla, sombríos y tímidos, empujándose con su nerviosa precipitación.

Se abrió una puerta. Bajo la luz reglamentaria estaba Freya en su lecho con los ojos cerrados. Al abrirlos y verse rodeada de hombres, su cara se dilató con un gesto de espanto.

—¡Valor, Freya!—dijo el director de la prisión—. El recurso de gracia ha sido denegado.

—¡Animo, hija mía!—añadió el cura del establecimiento, iniciando el principio de una plática.

Su terror sólo duró unos segundos. Fué la ruda sorpresa del despertar, con el cerebro todavía paralizado. Al reunir sus recuerdos, la serenidad volvió á su rostro.

—¿Debo morir?—preguntó—¿ha llegado ya la hora?... Pues bien; que me fusilen. Aquí estoy.