«Bien fusilada está—afirmaba interiormente su autoritarismo de hombre enérgico acostumbrado á mandar hombres—. ¿Qué hubieses hecho tú al formar parte del tribunal que la condenó?... Lo mismo que los otros. ¡Piensa en los que han muerto por ella!... ¡Recuerda lo que dice Tòni!»
Una carta de su antiguo segundo, recibida al mismo tiempo que la del defensor de Freya, hablaba de los grandes crímenes que la agresión submarina estaba realizando en el Mediterráneo.
Algunos de ellos llegaban á conocerse por los náufragos que conseguían alcanzar la costa después de largas horas de lucha ó eran recogidos por otros buques. Los más quedaban ignorados en el misterio de las olas. Eran torpedeamientos «sin dejar rastro», barcos que se iban á fondo con todos sus tripulantes y pasajeros, y sólo meses después dejaban entrever una parte de la tragedia, cuando la resaca depositaba en la costa muchos cuerpos de imposible identificación, sin papeles, sin rostro humano.
Casi todas las semanas contemplaba Tòni algunos de estos hallazgos fúnebres. Los pescadores veían al amanecer cadáveres que volteaban en la playa, donde el agua muere sobre la arena, descansando unos segundos en el suelo húmedo, para ser arrebatados á continuación por una ola más fuerte. Al fin, incrustaban sus espaldas en la tierra, manteniéndose inmóviles, mientras huían de sus ropas y sus carnes enjambres de peces pequeños volviendo al mar en busca de nuevo pasto. Los carabineros descubrían entre las rocas cuerpos destrozados en actitudes trágicas, con los ojos vidriosos casi fuera de sus órbitas.
Muchos de ellos eran reconocidos como soldados por los andrajos que revelaban un antiguo uniforme ó las chapas de identidad fijas en sus muñecas. Pertenecían á Francia. Las gentes de la costa hablaban de un transporte que había sido torpedeado viniendo de Argel... Y revueltos con los hombres se iban encontrando cadáveres de mujeres desfiguradas por la hinchazón, hasta el punto de que sólo por algunos detalles era posible adivinar su edad: madres que tenían arqueados sus brazos como si guardasen con un último esfuerzo el hijo desaparecido; muchachas cuyo pudor virginal había sido violado por el mar, mostrando sus piernas desnudas, tumefactas, verdosas, con profundos mordiscos de peces carniceros. La marina dilatación hasta había arrojado el cuerpo de un niño de pocos años sin cabeza.
Era más horrible, según Tòni, contemplar este espectáculo desde tierra que yendo en un buque. Los que navegan no pueden ver las últimas consecuencias de los torpedeamientos lo mismo que los que viven en la orilla, recibiendo como un regalo de las olas este continuo envío de víctimas.
Terminaba el piloto su carta con las súplicas de siempre: «¿Por qué te empeñas en seguir en el mar?... Deseas una venganza que es imposible. Eres un hombre solo, y tus enemigos son millones... Vas á morir si persistes en desafiarlos. Ya sabes que te buscan hace tiempo, y no siempre conseguirás librarte de ellos. Recuerda lo que dice la gente: «¡Quien ama el peligro...!» Desembarca; vuelve con tu mujer ó ven con nosotros. ¡Tan rica vida que podrías llevar en tierra!...»
Por unas cuantas horas, Ferragut fué de la opinión de Tòni. Su empeño temerario forzosamente había de terminar mal. Los enemigos le conocían, le acechaban; eran muchos frente á él, que vivía solo en su buque, con una tripulación de hombres de distinta nacionalidad. Nadie lloraría su muerte, aparte de los pocos que le amaban. No pertenecía á ninguno de los pueblos en guerra: era una especie de corsario imposibilitado de atacar. Menos aún: un mercante que hacía transportes al amparo de una bandera neutra. Esta bandera no engañaba á nadie. Sus enemigos conocían el buque, buscándolo con más empeño que si procediese de las marinas aliadas. En su mismo país, muchas gentes que simpatizaban con los Imperios germánicos celebrarían alegremente la desaparición del Mare nostrum y su capitán.
La muerte de Freya había influido en su ánimo más de lo que él se imaginaba. Tuvo fúnebres presentimientos: tal vez su próximo viaje fuese el último.
«¡Vas á morir!—gritó en su cerebro una voz angustiosa—. Morirás muy pronto si no te retiras del mar.»