Y lo más raro para Ferragut fué que este consejo se lo dió la voz de las locas aventuras, la que le lanzaba en los peligros por el gusto de desafiarlos, la que le había hecho seguir á Freya aun después de conocer su vil profesión.

En cambio, la voz de la cordura, siempre prudente y mesurada, mostró ahora una tranquilidad heroica, hablando lo mismo que un hombre de paz que estima sus compromisos superiores á su vida.

«Calma, Ferragut; has vendido tu buque con tu persona y te han dado millones. Debes cumplir lo que prometiste, aunque en ello te vaya la existencia... El Mare nostrum no puede navegar sin un capitán español. Si tú lo abandonas, tendrás que buscar otro capitán. Huirás por miedo y pondrás en tu sitio á un hombre que desafíe á la muerte por mantener á su familia. ¡Gloriosa hazaña!... Tú, mientras tanto, estarás en tierra, rico y seguro... ¿Y qué vas á hacer en tierra, cobarde?»

Su egoísmo no supo qué contestar á tal pregunta. Recordaba con antipatía su existencia de burgués allá en Barcelona, antes de adquirir el vapor. El era un hombre de acción, y sólo podía vivir ocupado en empresas arriesgadas.

Iba á aburrirse en tierra, y al mismo tiempo se consideraría disminuído, exonerado, lo mismo que el que desciende á una situación inferior en un país de jerarquías. El capitán de vida novelesca iba á quedar convertido en un propietario de casas, sin conocer otras luchas que las que sostuviese con sus inquilinos. Tal vez, por huir de una existencia vulgar, dedicase su fortuna á la navegación, único negocio que conocía bien. Se haría naviero, adquiriendo nuevos barcos, y poco á poco, por la necesidad de vigilarlos de cerca, acabaría reanudando sus viajes... ¿Para qué abandonar, pues, el Mare nostrum?

Sintió que se realizaba en su interior una profunda revolución moral al preguntarse con angustia qué es lo que había hecho hasta entonces.

Le pareció un desierto toda su existencia anterior. Había vivido sin saber por qué ni para qué, amontonando peligros y aventuras sólo por el gusto de salir victorioso. Tampoco sabía con certeza qué es lo que había deseado hasta entonces. Si era dinero, había afluido á sus manos en los últimos meses con una abundancia exorbitante... Ya lo tenía, y no por ello era feliz. En cuanto á gloria profesional, no podía desearla mayor. Su nombre era célebre en todo el Mediterráneo español; hasta los hombres de mar más rudos é intratables confesaban su mérito.

«¡Quedaba el amor!...» Pero Ferragut torció el gesto al pensar en él. Lo había conocido, y no deseaba encontrarlo otra vez. El amor suave de una buena compañera, capaz de iluminar la última parte de su existencia con una luz discreta, acababa de perderlo para siempre. El otro, apasionado, voluptuoso, novelesco, que da á la vida el rudo interés de los conflictos y los contrastes, le había dejado sin deseos de recomenzar.

La paternidad, más fuerte y duradera que el amor, podía haber llenado el resto de sus días, de no haber muerto su hijo... Le quedaba la venganza, la dura tarea de devolver el mal á los que tanto mal le habían hecho; pero ¡era tan débil para luchar con todos ellos!... ¡Resultaba tan pequeña y egoísta esta finalidad comparada con otros entusiasmos que arrastraban al sacrificio en aquellos momentos á grandes masas de hombres!...

Mientras pensaba esto, una frase oída por él no recordaba dónde, formada tal vez con los residuos de antiguas lecturas, empezó á cantar en su cerebro: «Una vida sin ideal no vale la pena de ser vivida.»