Buscó con predilección los fondos más inquietantes. Estaban en la zona peligrosa del Mediterráneo, donde los submarinos alemanes se mantenían á la espera de los convoyes franceses é ingleses que iban navegando al abrigo del litoral español. Los obstáculos de la costa sumergida eran para él la mejor defensa contra los invisibles ataques.

Fué esfumándose á sus espaldas el promontorio Ferrario, hasta no ser mas que una sombra en el horizonte. Desfiló ante el vapor toda la costa de la Marina; luego, el cabo Huertas, el lejano puerto de Alicante y el cabo de Santa Pola. A la caída de la tarde, el Mare nostrum estaba frente al cabo Palos, y tuvo que navegar aguas afuera para doblarlo, dejando Cartagena á lo lejos. Desde aquí haría rumbo Sudoeste hasta el cabo de Gata, donde empieza á angostarse el Mediterráneo, formando el embudo del estrecho. Luego pasarían ante Almería y Málaga, llegando á Gibraltar al día siguiente.

—Aquí es donde esperan muchas veces los enemigos—dijo Ferragut á uno de los oficiales—. Si no tenemos un mal encuentro antes de la noche, habremos terminado perfectamente nuestro viaje.

El buque se había despegado del litoral; ya no se alcanzaba á distinguir la costa baja. Sólo á proa se mantenía visible el dorso saliente del cabo, emergiendo como una isla.

Caragòl apareció con una bandeja en la que humeaban dos vasos de café. No quería ceder á ningún marmitón el honor de servir al capitán cuando estaba en el puente.

—¿Qué opina usted del viaje?—preguntó Ferragut alegremente antes de beber—. ¿Llegaremos bien?...

El cocinero hizo un gesto de desprecio, como si los alemanes pudiesen verle.

—No pasará nada; estoy seguro de ello... Tenemos quien vela por nosotros, y...

Se vió interrumpido en estas afirmaciones. La bandeja escapó de sus manos, y fué tambaleándose como un ebrio, hasta aplastar su abdomen contra la barandilla del puente. «¡Cristo del Grao!...»

A Ferragut también se le cayó el vaso que llevaba á su boca, y el oficial francés, sentado en un banco, casi se dobló sobre las rodillas. El timonel tuvo que agarrarse á la rueda con un crispamiento de sorpresa y de terror.