Todo el buque tembló de la quilla al extremo de los topes, de la proa al timón, con un estremecimiento mortal, como si unas tenazas invisibles acabasen de inmovilizarlo en plena carrera.
El capitán quiso explicarse este accidente. «Hemos encallado—se dijo—; un escollo que no conozco; algo que no figura en las cartas...»
Pero aún no había transcurrido un segundo cuando algo vino á añadirse á este choque, desmintiendo las suposiciones de Ferragut. El aire azul y luminoso se arrugó bajo el zarpazo de un trueno. Cerca de la proa se produjo una columna de humo, de gases en expansión, de vapores amarillentos y fulminantes, subiendo por su centro en forma de abanico un chorro de objetos negros, maderas rotas, pedazos de plancha metálica, cuerdas inflamadas que se disolvían en ceniza.
Ulises ya no dudó. Acababan de recibir un torpedazo. Su mirada ansiosa se esparcía sobre las aguas.
—¡Allí!... ¡allí!—dijo tendiendo una mano.
Sus ojos de marino acababan de descubrir la leve traza de un periscopio que nadie conseguía ver.
Bajó del puente, ó más bien, se dejó rodar por la escalerilla, corriendo hacia la popa.
—¡Allí!... ¡allí!
Los tres artilleros estaban junto al cañón, tranquilos y flemáticos, llevándose una mano á los ojos para ver mejor el punto casi invisible que les señalaba su capitán...
Ninguno de ellos reparó en la inclinación que empezaba á tomar la cubierta lentamente. Introdujeron el primer proyectil en la recámara, mientras el apuntador se esforzaba por distinguir aquel pequeño bastón negro perdido en las ondulaciones del agua.