El buque volvió á sufrir otro choque tan rudo como el anterior. Todo él gimió con un estremecimiento agónico. Las planchas temblaban, perdiendo la cohesión que hacía de ellas una sola pieza. Los tornillos y bulones saltaron á impulsos del sacudimiento general. Un segundo cráter se abrió en mitad del buque, llevándose esta vez en el abanico de su explosión miembros humanos destrozados.

Adivinó el capitán que era inútil la resistencia. Sus pies parecían avisarle el cataclismo que se desarrollaba debajo de ellos: la tromba líquida invadiendo con espumoso mugido el espacio entre la quilla y la cubierta, destrozando las mamparas metálicas, derribando los portones de seguridad, desordenando los objetos, arrastrándolo todo con la violencia de una inundación, con el mazazo de un dique que se rompe. La cavidad llena de aire, flotante y ligera, iba á convertirse en un ataúd de agua y plomo, yéndose á fondo.

El cañón de popa lanzó el primer disparo. A Ferragut le pareció irónico su estampido. Nadie como él se daba cuenta del estado del buque.

—¡A los botes!—gritó—. ¡Todo el mundo á los botes!

Fué inclinándose el vapor de un modo alarmante, mientras los hombres obedecían esta orden sin perder su serenidad.

Una trepidación desesperada conmovió la cubierta. Eran las máquinas, que lanzaban estertores agónicos, al mismo tiempo que huía por la chimenea un torrente de humo denso como tinta. Los fogoneros volvieron á la luz con los ojos dilatados por el espanto sobre sus caras negruzcas. La inundación había empezado á invadir sus dominios, rompiendo las compuertas de acero.

—¡A los botes!... ¡Al agua los botes!

El capitán repitió sus gritos de mando, ansioso de ver embarcada la tripulación, sin pensar por un momento en la propia seguridad.

No se le ocurrió que su suerte pudiera ser distinta á la de su buque. Además, oculto en el mar estaba el enemigo, que surgiría oportunamente para apreciar su obra... Tal vez buscase en las embarcaciones de salvamento al capitán Ferragut, queriendo llevárselo como un despojo de su triunfo... «¡No! Prefería renunciar á la existencia.»

Los marineros habían desamarrado dos botes y empezaban á descenderlos, cuando ocurrió algo repentino, brutal, con la rapidez anonadadora de los cataclismos de la Naturaleza.