Luego añadió con malignidad:
—Debo advertirle que tiene usted un rival. ¡Mucho cuidado, Ferragut!
Volvió la cabeza para mirar al oscricario. Estaba ocupado en la contemplación da una gruesa señora de pelo gris y abundantes joyas, una viajera escoltada por su marido, que acogía con extrañeza las ojeadas asesinas del vendedor, sin llegar á explicárselas.
Se atusaba el bigote, mirándose de vez en cuando el terno de lana inglesa para corregir los pliegues y expulsar las motas de polvo. Era un hermoso pirata disfrazado de gentleman. Al notar la atención de Freya cambió el curso de sus miradas, balanceó el fino talle y contestó á los ojos interrogantes de ella con una sonrisa de ángel malo, dando á entender su discreción y habilidad para insinuarse á espaldas de mandos y acompañantes.
—¡Ya está!—dijo Freya entre carcajadas—. ¡Ya tengo un nuevo enamorado!...
El moreno seductor quedó cohibido por la escandalosa publicidad con que acogía esta señora sus insinuaciones misteriosas. Ferragut habló de acostar al badulaque sobre sus ostras y caracolas bajo un buen par de bofetadas.
—No sea usted ridículo—protestó ella—. ¡Pobre hombre! Tal vez tiene mujer y larga prole... Es un padre de familia que desea llevar dinero á casa.
Hubo un largo silencio entre los dos. Ulises parecía ofendido por la ligereza y la crueldad de su acompañante.
—No esté usted enfadado—dijo ella—. ¡A ver, tiburón mío, sonría usted un poco, muéstreme sus dientes!... Las libaciones á los dioses tienen la culpa. ¿Está usted ofendido porque he querido compararle con ese tipo?... ¡Pero si usted es el único hombre que yo aprecio un poco!... Ulises, le hablo en serio, con toda la franqueza que da el vino. No debía decírselo, pero se lo digo... Si yo pudiese amar á un hombre, ese hombre sería usted.
Olvidó instantáneamente Ferragut todo su enfado para escucharla y envolverla en la luz admirativa de sus ojos. Freya volvió la cabeza al hablar, no queriendo verle, como si le pesase lo que estaba diciendo, y sus miradas vagaron por el amplio paisaje.