El origen de Ulises era lo que le interesaba más. Ella, que conocía casi toda la tierra, sólo había pisado por unas horas el suelo de España, cuando desembarcó en Barcelona del transatlántico mandado por él. Los españoles le inspiraban miedo y atracción. Una noble gravedad reposaba en el fondo de sus hipérboles amorosas.
—Usted es un exagerado, un meridional, que lo amplifica todo y miente, creyéndose sus propias mentiras. Pero tengo la seguridad de que si llegara á enamorarse de veras, sin frases, sin embustes pasionales, su afecto sería más sano y profundo que el de los otros hombres.... Mi amiga la doctora dice que son ustedes un pueblo crudo, que sólo ha tomado en apariencia las nerviosidades, desequilibrios y cabildeos que acompañan al amor en otros países civilizados hasta el refinamiento.
Miró Freya al marino, haciendo una larga pausa.
—Por eso ustedes pegan—continuó—, por eso ustedes matan cuando sienten el amor y los celos. Son brutos, pero no son mediocres. No abandonan á una mujer por cálculo; no la explotan... Usted es un hombre nuevo para mí, que he conocido tantos. Si yo pudiese creer en el amor, me tendría á su lado por toda la vida... ¡por toda la vida!
Una música suave, ligera, como la vibración de un vaso de cristal frágil y delgado, se esparció por la terraza. Freya siguió su ritmo con un leve movimiento de cabeza. Conocía esta música dulzona, la Serenata de Toselli, lamento de pasión que removía el alma de las viajeras en los halls de los grandes hoteles. Ella, que había reído otras veces de esta musiquilla artificial y refinada, sintió que las lágrimas se agolpaban ahora en sus ojos.
—¡No poder amar á nadie!—murmuró—. ¡Vagar sola por el mundo!... ¡Tan hermoso que es el amor!
Adivinó lo que iba á decir Ferragut, sus protestas de eterna pasión, sus ofrecimientos de unir su vida á la de ella para siempre, y cortó sus palabras con un gesto enérgico.
—No, Ulises, usted no me conoce, no sabe quién soy... Aléjese de mí. Hace unos días me era indiferente. Y odio á los hombres, y nada me importa hacerles daño. Pero ahora me inspira usted cierto interés, porque le creo bueno y franco á pesar de sus exterioridades arrogantes... ¡Márchese, no me busque! Es la mejor prueba de afecto que puedo darle.
Dijo esto con vehemencia, como si viera á Ferragut corriendo hacia un peligro y le gritase para apartarlo de él.
—En el teatro—continuó—hay un papel que llaman de «mujer fatal», y ciertas artistas no pueden desempeñar otro. Han nacido para fingir este personaje... Yo soy una «mujer fatal», pero en la realidad. ¡Si usted conociese mi vida!... Es mejor que no la conozca: yo misma quiero ignorarla. Únicamente soy feliz cuando pierdo la memoria... Ferragut, amigo mío, dígame ¡adiós! y no me salga más al paso.