El que ha nacido en un país de sol no puede sentir la atracción de la Costa Azul como los europeos septentrionales. De aquí que ni los españoles ni los italianos, a pesar de ser vecinos, la frecuenten mucho. Siempre encontró ella en los pueblos del Norte sus más fieles admiradores.
Antes de la guerra, la Costa Azul fue rusa. Aquí venían a derrochar su fortuna los privilegiados del Imperio zarista, considerando interminable un régimen sabiamente organizado para la felicidad de los menos. También fue alemana pocos años antes de 1914. Los alemanes y los austríacos acudieron a ella en grandes masas, y tal vez serían a estas horas sus dueños. Los dominadores actuales son los ingleses y los norteamericanos. Sus banderas ondean en todas partes junto a la bandera francesa.
Viajando por todo el mundo es como puede uno ser entucado del prestigio lejano y misterioso que gozan estas poblaciones de la Costa Azul. Muchas veces, en los Estados Unidos, en Canadá, en Méjico o en naciones del Norte de Europa, al decir yo que tengo mi casa en la Costa Azul, he visto entornar los ojos a los que me escuchaban con una expresión ensoñadora, lo mismo hombres que mujeres, murmurando nostálgicamente:
—¡Niza!... ¡Monte-Carlo!...
Unos hacían memoria de su vida aquí; otros deseaban venir, y temían no conseguirlo nunca. Mostraban todos en su rostro la misma expresión del que oye el nombre de Bagdad y evoca inmediatamente las maravillas de Las mil y una noches.
Este fragmento de costa mediterránea es tan universal como el bulevar de los Italianos, de París; el Piccadilly, de Londres, o el Broadway, de Nueva York. Yo vivo en la más tranquila de las ciudades de la Costa Azul, en el poético Mentón, retiro de escritores y artistas, donde la gente se acuesta temprano y madruga mucho, para gozar de sus admirables jardines. Y sin embargo, estoy en la corriente de la circulación europea, en «el camino de todos», más que si viviese en Madrid, que es ciudad populosa y capital de una nación.
Para ir a España hay que proponerse concretamente este viaje y sentir un verdadero interés por ella. Se necesita avanzar hasta un extremo de Europa y luego desandar el camino, atravesando otra vez los Pirineos. España sólo ofrece una salida para el que no quiere retroceder: embarcarse con rumbo a América, y nuestros puertos no los frecuenta ninguna de las grandes Compañías navieras famosas por el tonelaje de sus buques y por su lujo. Nuestra patria es a modo de una calle que sólo tiene una entrada y carece de continuación.
En cambio, la Costa Azul es camino para Italia, para el centro de Europa, para los países del extremo Mediterráneo y del extremo Oriente. Se encuentran aquí, todos los días, amigos que dejó uno en lugares apartados del planeta, creyendo no verlos más, y que surgen inesperadamente ante nuestro paso. Todos los que desembarcan en Europa traen en su programa, como algo imprescindible, unas semanas de vida en la Costa Azul.
Los personajes más famosos desfilan por esta tierra. No hay gobernante inglés que prescinda de jugar al tennis en Cannes durante el invierno. Junto a las mesas de los casinos de la Costa Azul puede uno codearse con las mujeres más célebres.
Hace tiempo, almorzando una mañana en el Sporting-Club, de Monte-Carlo, vi sintéticamente lo que es la vida en este rincón del mundo.