Cerca de mí comía un señor alto, delgado, con barba rubia y canosa, y lentes de oro. Al fijarme en los saludos extraordinarios del maître d’hótel y de la servidumbre, sentí la necesidad de preguntar.

—Es el rey de Suecia—me dijeron—, que todos los años viene de incógnito.

Luego ocupó otra mesa un señor robusto, de aire militar, con la tez enrojecida por el sol de los trópicos.

—A éste le conozco—dije yo al doméstico—. Es el duque de Connaught, el tío del rey de Inglaterra, que posee una «villa» en Cap Ferrat, y acaba de volver de las Indias.

Varios señores ocupaban otra mesa. Uno de ellos, con gafas y barba canosa, parecía dominarlos a todos, sonriendo finamente. Junto a él, y compartiendo su importancia, había otro, de bigote blanco. El de la barba era Venizelos, y su vecino, el famoso hombre de negocios anglo-heleno sir Basilio Zaharoff, el capitalista mayor de Europa en este momento, el único al que miran como un igual los multimillonarios de los Estados Unidos.

Y todo esto, en un pequeño comedor de Club, que no contiene más allá de una docena de mesas.

Me acordé de Cándido, el protagonista de la novela de Voltaire, cuando visita la Venecia del siglo XVIII con motivo de su famoso Carnaval, y al cenar en la hostería se encuentra con que sus cuatro compañeros de mesa son cuatro reyes que vienen de incógnito a divertirse.

III
EL QUE QUISO CASARSE CON LA PRINCESA

LA revolución rusa ha esparcido por el mundo miles y miles de seres que gozaron en otro tiempo las delicias de la riqueza o del poder, y ahora viven en una miseria doblemente dolorosa, por el recuerdo del pasado y por la falta de esperanza. Son parecidos a los emigrados de la revolución francesa, que paladearon la «dulzura de vivir» bajo la antigua monarquía instalada en Versalles, y luego tuvieron que ejercer viles oficios en Inglaterra y Alemania, sufriendo muchas veces el tormento del hambre.

Esta emigración rusa se concentra especialmente en la llamada Costa Azul. El ensueño de todos los rusos refugiados en Berlín, Londres o París es poder trasladarse a Niza. Hijos de una tierra invernal, piensan en el sol gratuito que dora las costas de este mar color de violeta, célebre desde los primeros vagidos de la poesía griega. Vivir en Niza representa prescindir de la calefacción, comer naranjas a bajo precio, instalarse en un antro miserable de las afueras con otros compatriotas, sin miedo a los rigores de la temperatura.