Existe en Monte-Carlo un restorán donde se prolongan las fiestas nocturnas hasta la salida del sol, y en este lugar público trabajan todos los años dos bailarines españoles, dos «niños» de Sevilla, pequeños de estatura, graciosos y bien educados, que tienen por nombre «los Titos». Este par de andaluces de smoking, que, según dicen las señoras, no tienen precio para hacer bailar bien a sus acompañantes, inspiraron a la gran duquesa un entusiasmo casi maternal. Pasaba las noches dedicada a ellos, no perdonando una sola de las danzas que tocan simultáneamente y sin descanso las dos orquestas del establecimiento. Dejaba a un Tito para tomar al otro, y el más alto de los hermanos no llegaba a tocar con su cabeza el huesudo pecho de la princesa de dos metros.

Tal fervor por las cosas de España acabó con la vida de la consuegra de Guillermo II. Un día del pasado invierno, «los Titos» arreglaron en su honor un arroz a la valenciana. Era un arroz «traducido» de Valencia a Sevilla, y hecho además con lo que se puede encontrar en Monte-Carlo; pero la gran duquesa no conocía otro, y dedicaba siempre a este plato interminables alabanzas. A los postres de la comida española sufrió un desmayo; la llevaron apresuradamente al Hotel París, y a las pocas horas dejó de existir.

Esta mujer, que en unos cuantos años presenció tantas tragedias familiares y sufrió emociones tan enormes, sólo podía morir repentinamente. Además, sus placeres eran tan violentos, que un corazón no podía soportarlos sin lesiones.

Después de la guerra, el famoso «queso» ha dejado de ver a muchos personajes que lo visitaban en otros tiempos. Mi amigo Luciano Guitry, el más grande de los actores contemporáneos, me contó un día algo ocurrido aquí mismo.

Fue esto años antes de la guerra. Se acercó al gran comediante francés una de esas muchachas parisienses que se titulan «artistas» y, en realidad, mantienen su lujo y atienden al costoso entretenimiento de su belleza con otros recursos que los del arte. Llegan a Monte-Carlo para distraer a los hombres que juegan, recordándoles que en el mundo hay algo más que los placeres del azar; pero muchas veces sienten la tentación de la ruleta, lo mismo que los otros mortales, y lo que ganaron con sus propios recursos lo dejan sobre la mesa verde.

—Monsieur Guitry—preguntó—, ¿quién es ese hombre bajito, calvo y de mal color que conversaba con usted hace un momento? El otro día estuve una hora con él y no hizo más que hablar de su persona, como si fuese el centro del mundo. Al despedirse, me dijo: «No te revelo mi nombre, porque si lo supieras serían tan grandes tu sorpresa y el orgullo de haberme conocido, que caerías desmayada de emoción sobre tus... almohadillas naturales». ¿Quién es, monsieur Guitry? ¿Es un hijo de rey?... ¿un millonario de Nueva York?... ¿un presidente de República de la América del Sur?...

Una leve sonrisa alteró la serenidad episcopal del rostro del insigne actor. Sus ojos parpadearon maliciosamente, y dejó caer estas palabras:

—Es un poeta italiano, llamado Gabriel d’Annunzio.

La muchacha quedó indecisa, repasando mentalmente sus recuerdos, mientras se rascaba con las pintadas uñas el lindo entrecejo. Luego dijo simplemente:

¿D’Annunzio?... Connais pas.