Repito que esto fue antes de la guerra; antes de que el poeta obtuviese la verdadera fama acompañando en sus vuelos a los aviadores italianos, o acometiendo la ruidosa y estéril aventura de Fiume.

¡Fragilidad de las vanidades literarias! Creerse igual al Dante; llevar la cabeza sobre los hombros con la misma solemnidad que si fuese una urna santa; inventar todos los días algo extraordinario y raro que atraiga la atención del público, para que después una muchacha de las que mariposean en torno a la ruleta de Monte-Carlo diga con indiferencia:

—¿D’Annunzio?... No lo conozco.

V
LAS ALMAS DEL PURGATORIO

DE los bancos que forman círculo en el centro de la plaza de Monte-Carlo, dos o tres situados frente a la escalinata del Casino llevan el nombre de «el purgatorio». Y por deducción, a las personas que los ocupan, como si fuesen de su propiedad, guardándose recíprocamente un lugar en ellos, las llaman las «almas» de dicho «purgatorio».

Fácil resulta adivinar su pasado. Son jugadores que desean entrar en el Casino y no pueden, a pesar de vivir convencidos de que al otro lado de sus puertas les aguarda la Fortuna. Los directores del establecimiento, aleccionados por la experiencia, procuran que no quede en Monte-Carlo ningún resto de la diaria batalla entre el hombre y la Suerte. Pocas ciudades de Europa tan limpias como ésta. A ninguna hora del día o de la noche se encuentra un papel, una hoja seca o una colilla de cigarro en sus aceras, pulidas como el piso de un salón. Del mismo modo procuran que no quede ningún herido ni contuso de los combates de la ruleta y el «treinta y cuarenta». Todo el que pierde su dinero puede acudir a la Administración del Casino, madre cariñosa, que le facilitará la cantidad necesaria para el viaje hasta el país de origen. De este modo la víctima va a contar muy lejos sus desengaños, y si se le ocurre suicidarse, otros se encargan de su entierro.

Este socorro que da el Casino para que se retire el descalabrado recibe el nombre de «viático». A veces el tal «viático» es de miles de francos, según la categoría del jugador o la importancia del trayecto. Yo he visto pagar a un holandés el precio de su pasaje hasta Java; pero había dejado antes en las mesas verdes centenares de miles de francos. También la Administración da algunas pensiones vitalicias a jugadores famosos que frecuentaron la casa treinta o cuarenta años, perdiendo en ella numerosos millones.

Conozco a un gran señor ruso que entra todos los días al Casino y sigue el juego de las mesas importantes con mirada ansiosa; pero no se atreve a apuntar ni con una ficha de las blancas, que son las más modestas.

El Casino le regala una pensión de 1000 francos mensuales, después de haber dejado en Monte-Carlo el producto de sus minas en Siberia y las cosechas de territorios extensos como provincias, poblados por miles de mujiks. Pero esta generosidad va unida para el agraciado con la condición de que no jugará nunca. Si avanza una apuesta sobre un número, los empleados tienen orden de no admitirla.

Muchos jugadores que recibieron el «viático» para volver a su tierra sienten el latigazo de la inspiración antes de partir, y arriesgan el importe del viaje en una jugada última, convencidos de que este dinero, por ser del Casino, atraerá a la Suerte. Si lo pierden quedan como prisioneros en Monte-Carlo, y un desesperado más viene a sentarse en los bancos del «purgatorio».