En 1896, cuando andaba metido en las aventuras y riesgos de una política de acción, tuve el honor de ser presidiario. Un Consejo de guerra me condenó a varios años de encierro, y aunque los periódicos se interesaron por mi suerte hasta conseguir que me indultasen, no por ello me libré de pasar recluido más de un año. Esto se dice pronto; pero hay que conocer por experiencia lo que son doce meses, uno tras otro, siempre en el mismo edificio y entre gente poco grata.
La penitenciaría era un antiguo convento de Valencia, que ya no existe. Esta construcción vetusta sólo tenía cabida higiénica para trescientos hombres, y éramos a veces mil. Como gran favor, me dejaron en la enfermería, donde todos los meses morían dos o tres tísicos y se preparaban para seguirles media docena más. Si la defunción ocurría al atardecer, quedaba el cadáver en una cama próxima hasta la mañana siguiente. ¡Una existencia de lo más entretenida!... De vez en cuando, para mayor amenidad de mi encierro, llegaban órdenes exteriores recomendando a los empleados que no me dejasen recibir libros ni me permitieran escribir otra cosa que cartas a mi familia. Los apasionamientos políticos aconsejan casi siempre medidas absurdas.
En uno de estos períodos, los empleados, apiadándose de mi aburrimiento, me buscaron una diversión.
—Podía usted entretenerse con el juego. Eso le distraerá tanto como la lectura.
Y ocultamente me fueron proporcionando barajas, un dominó, un tablero de damas y otros instrumentos recreativos que no recuerdo. Hicieron más: me buscaron sin salir de «la casa» un insigne profesor, famoso ladronazo de larga historia, que sólo se había dedicado a robar Bancos y llevaba corrido medio mundo, conociendo todas las timbas de España y naciones adyacentes.
¡Imposible aprender en mejor escuela! Fue—y pido perdón por la irreverencia—como si me pusieran a estudiar bacteriología con Pasteur o versificación con Víctor Hugo. Pero apenas iniciadas sus lecciones, el eminente catedrático debió convencerse de que trataba con un torpe, falto completamente de aptitudes. Todo lo aprendía y lo olvidaba con igual facilidad. Me faltaba tener fe en las enseñanzas recibidas... Y media hora después, el maestro, abusando de la bondadosa tolerancia de mis protectores, jugaba a peseta el golpe con los enfermos, mientras yo, de pie y junto a una verja, seguía arrobado el deslizamiento de las nubes y el revoloteo de dos palomas, a través de los hierros que cortaban el azul de un rectángulo de cielo.
Debo confesar que representa para mí una voluptuosidad algo cruel y egoísta—y los placeres resultan a veces más intensos cuando van sazonados con un poquito de esta salsa maligna—el hecho de pasearme por Monte-Carlo siendo el único hombre, ¡el único!, que vive en esta ciudad sin haber jugado nunca. Muchos ilusos de diversas naciones se encargan de costear las comodidades que me rodean. Los jardines de vegetación tropical, los salones lujosos del Casino, el puerto blanco lleno de yates, las orquestas, la ópera subvencionada con varios millones, todo lo pagan los jugadores para que yo lo disfrute. Las mesas verdes no han recibido de mí un solo céntimo.
Pero un día que hice esta declaración de independencia ante un empleado antiguo del Casino, el viejo rió socarronamente:
—Hay quien ha hecho más que usted—dijo—. Usted se limita a no dar nada, mientras que el maestro ruso...
Y me contó la breve historia del maestro de escuela ruso, conocida solamente por los altos funcionarios de Monte-Carlo, pues resultaría peligroso el divulgarla.