Esto fue antes de la guerra. Un ruso greñudo, barbón y grasiento, con sonrisa inocente y ojos de angelote bizantino, consiguió entrar una sola vez en las salas de juego, y puso una moneda de cinco francos a un número de la ruleta. El duro era escandalosamente falso, pero acertó el «pleno», y le dieron treinta y cinco duros más, indiscutiblemente legítimos.
Luego que se hubo comido la ganancia, el maestro pidió audiencia a la Administración del Casino. Él se consideraba un jugador importante, «todos le habían visto jugar», y exigía lo mismo que los otros, un «viático» para volver a su tierra... Y la Administración, que no quiere «ruidos», le pagó el viaje.
Como el empleado continúa sonriendo después de terminar su historia, yo inclino la cabeza humildemente:
—Reconozco mi inferioridad ante el maestro ruso.
VI
LOS NUEVOS COMPAÑEROS
HACE pocos días hablé con el director de uno de los «Palaces» más célebres y caros de la Costa Azul, y este personaje representativo de nuestra época, que tiene automóvil propio, cobra más sueldo que un primer ministro, es amigo de varios reyes y estrecha confianzudamente las manos de los millonarios de Europa y América, me dijo así:
—Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las personas.
Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles.
La Costa Azul es el lugar de la tierra donde abundan más los perros. Los hay a docenas en los «Palaces», en las casas, en los paseos, en los lugares más apartados de la ribera o la montaña. Hacen imposible un largo y silencioso recogimiento ante la Naturaleza. Cuando se cree uno solo y empieza a saborear la calma rumorosa del paisaje, sumido en profunda paz, suena al lado el grotesco ladrido de algún gozque, último amor de su dueña envejecida, y con la rapidez de un reguero de pólvora inflamada este ladrido se dilata, se multiplica al correr hacia el infinito, pues de todas partes empiezan a contestarle otros aullidos, atiplados o graves, de perros de salón, perros de pescador, perros de granja o perros que tiran de su cadena junto a las verjas de los jardines elegantes.
En este pedazo de Francia, tierra de retiro invernal, donde de cada diez personas que buscan el sol siete hablan inglés y tres solamente francés, la dama vieja con su perrito es el eterno personaje que da valor humano al panorama.