Bien sabido es lo que representan, generalmente, las respetables señoras que viven durante el invierno en la Costa Azul y pasan la primavera en Florencia. Aunque sean de distintos idiomas y naciones, todas resultan iguales. Todas poseen una peluca rubia, una dentadura postiza, una novela inglesa «muy moral», que nunca acaban de leer, pues aunque la cambien, siempre dice lo mismo... y un perro.

A causa de ellas, los hoteleros, que tienen de vez en cuando sus asambleas internacionales en alguna ciudad de Suiza—lo mismo que los diplomáticos de la Sociedad de las Naciones se reúnen en Ginebra—, se han visto obligados a ocuparse del perro y sus molestias, combatiendo su existencia por medio del impuesto.

Hace algunos años, los perros, que siempre habían vivido gratuitamente en los hoteles, fueron tasados en dos francos diarios. Ahora pagan cinco, y en ciertos «Palaces» diez y hasta quince francos, sin que haya influido esto en su disminución. Al contrario: tener perro en un hotel de lujo significa un gasto considerable; cuesta más que costaba antes de la guerra el mantenimiento de un cristiano, y denuncia gran riqueza en su dueño.

Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda, y únicamente pueden interesar a las gentes desorientadas que siguen con un retraso de varios años los adelantos de nuestra época.

Los altos lebreles de Rusia, estrechos, sedosos, distinguidos o imbéciles; el perro policía, feroz y de una agresividad inteligente; el «lulú de la Pomerania», peludo y pequeño como un manguito con patas y ojos; los gozques liliputienses, capaces de tener por casa un saquito de mano; todas estas bestias privilegiadas, que cuestan miles de francos y eran acogidas antes con palmoteos y gritos femeninos de entusiasmo, resultan actualmente un regalo vulgar, bueno para los burgueses que no se enteran de lo que es chic.

—Otros animales—añade—son ahora los acompañantes de moda, especialmente de la mujer.

Tales palabras vienen de un hombre en íntimo contacto con la humanidad privilegiada que llega de todas partes a la Costa Azul, vive unos meses en ella y vuelve a esparcirse por el mundo. Nadie puede conocerla mejor... Y me hacen ver, repentinamente, con una concreción luminosa, imágenes que se habían deslizado antes por mis ojos, sin que yo las retuviese.

Me acuerdo de la hora cálida y elegante del mediodía, cuando circulan los extranjeros por los muelles de Mentón, las terrazas de Monte-Carlo, el Paseo de los Ingleses, en Niza, y las explanadas del puerto de Cannes. Pasan señoras con la sombrilla japonesa en la diestra, llevando sobre un hombro o un codo el papagayo amaestrado que las acompaña en sus viajes. Otras tiran de una cadenilla, al término de la cual marcha un mono en posición cuadrúpeda o se apoya en las patas traseras, irguiendo su cabecita orejona y piramidal sobre el capuchón de un hábito hecho con tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva, acarician con la punta de su bastón el gato montes, la zorra, el lobito, la pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en otros tiempos el perrillo faldero.

Éstos son los camaradas de viaje que pueden dejarse ver. El célebre hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que permanecen ocultos en el cuarto del «Palace» y obligan a los criados a realizar a toda prisa la limpieza de la habitación, si es que no se quedan a la puerta vacilantes y medrosos: lagartos soñolientos, hundidos en algodones que les sirven de cama; tortugas que surgen lentamente del abrigo del sofá; reptiles de piel en cuadrícula—molestos de nombrar—que, al sentir la caricia del rectángulo de sol de la ventana prolongado hasta su cesto, se desenroscan, levantan la tapa de junco, y dilatando sus anillos, empiezan a subirse por las patas de los muebles.

Como ahora la gente viaja más que en otras épocas y dar la vuelta al mundo es diversión que nada tiene de extraordinaria, las personas andariegas y caprichosas, movidas por un deseo malsano de originalidad, escogen los más extraños camaradas para su existencia cómoda, aburrida y errante.