VII
CÓMO LOS AMERICANOS CINEMATOGRAFÍAN UNA NOVELA
LAS once de la noche. El otoño es una segunda primavera en la Costa Azul.
Estamos en Noviembre, pero yo paseo por mi jardín, respirando la leve frescura nocturna, cargada de aromas de flores y frutos. Sólo falta el resplandor azulado de las luciérnagas, moscas de la noche que tejen y destejen sus danzas voladoras en la obscuridad primaveral.
De pronto un estrépito inusitado corta el silencio del adormecido jardín.
Mi casa está en las afueras de Mentón, en una avenida que, arrancando del borde del Mediterráneo, serpentea por la falda de los Alpes Marítimos, orlada de verjas y vallas campestres. Apenas cierra la noche, esta calle, abierta entre dos masas de árboles que ocultan los edificios, queda silenciosa como un sendero de bosque. Parece oírse el latido y la respiración de la Naturaleza en reposo. El más ordinario de los ruidos toma la importancia de un acontecimiento.
Por eso no pude evitar un gesto de extrañeza e inquietud al ver cómo se enrojecía la vegetación bajo una luz de aurora violenta, cortándose al mismo tiempo la calma de la noche con incesantes mugidos. Varios automóviles acababan de detenerse, ensangrentándolo todo con sus faros y haciendo sonar sus sirenas. Poco después la campana de la puerta de mi jardín empezó a repiquetear locamente. ¿Quién podía anunciarse a estas horas y con tal estrépito?...
Pensé en la posibilidad de una invasión de fascistas que hubiese atravesado la inmediata frontera de Italia persiguiendo a enemigos fugitivos. Al acercarme cautelosamente a la verja, una voz juvenil me habló en español, con ligero acento inglés.
—Mister Ibáñez: venimos de Nueva York, enviados por la «Cosmopolitan Production» para filmar su novela Los enemigos de la mujer.
Un poco americana esta presentación, a tal hora y sin más preámbulos... La servidumbre de la casa y los jardineros, despertados por el campaneo, abandonaron sus camas. Yo fui dando luz a los faros del jardín, mientras los criados hacían lo mismo en las habitaciones. Entraron los automóviles, y empezaron a descender de ellos caballeros vestidos de smoking, damas elegantes y hermosas, escotadas, en traje de soirée.