El que había hablado en español siguió dándome explicaciones para justificar esta visita extraordinaria. Era un buen mozo de arrogante presencia, un artista, hijo de españoles, pero nacido en los Estados Unidos: Pedro de Córdoba, cuyo nombre conocen todos los que gustan de ver obras cinematográficas hechas en América. Me creían de viaje en España, y una hora antes se habían enterado de que continúo viviendo en Mentón. Llegaron de París al atardecer, poniéndose inmediatamente sus trajes de ceremonia para cenar y bailar en el Café de París, de Monte-Carlo.
—Al saber que estaba usted en su casa—continúa Córdoba—nos hemos dicho: «Vamos a hacer una visita a mister Ibáñez...». Y aquí nos tiene.
En el comedor se improvisa con toda rapidez un refresco para los invasores. Mientras tanto, las damas escotadas corren por el jardín lo mismo que niñas, persiguiéndose, buscando flores y riendo de sus descubrimientos con una ingenuidad sana y ruidosa.
Los gentlemen siguen hablando conmigo. Tienen un jefe, el reputado director de escena Alan Crosland, joven sonriente, parco en palabras y con un gesto tenaz de hombre acostumbrado al mando.
Deseo saber cuándo empezarán a trabajar estas gentes que llegaron hace unas horas de París, y para reponer sus fuerzas, después de una noche de tren, se han vestido de etiqueta, bailando entre plato y plato de su cena. Me ofrezco a servirles de intermediario para allanar todas las dificultades que retrasen su labor.
—¿Creen ustedes que podrán empezar dentro de tres o cuatro días?
Alan Crosland me mira con sus ojos claros, y responde sencillamente:
—Empezamos mañana, a las seis, en la plaza del Casino de Monte-Carlo.
¡A las seis de la mañana, y van a dar las doce de la noche!... Además hay que tener en cuenta que muchos de los artistas llegados de los Estados Unidos se han quedado en Niza y sólo unos cuantos viven en Monte-Carlo.
Los ayudantes del director, venidos con él de América, y los agregados franceses que le siguen desde París se hallan en este momento reclutando centenares de hombres y mujeres en Niza para que actúen como figurantes. Tienen que buscar igualmente una orquesta, pues las que existen en Monte-Carlo, como funcionan hasta media noche, se niegan a este trabajo matinal. Crosland, que adivina la duda en mi rostro, repite tranquilamente: