—A las seis en punto empezaremos.

Y Pedro de Córdoba, más expansivo, más «latino», añade, sonriendo finamente:

—Cuando hay dinero para gastar, ¿sabe usted?, cuando hay plata abundante, nada es imposible.

Me levantó al día siguiente a las seis de la mañana. No tenía prisa en llegar a Monte-Carlo. La Costa Azul está lejos de los Estados Unidos, y no pueden repetirse en ella los milagros de la prodigiosa actividad americana. Llegaría de seguro antes que hubiese empezado el trabajo.

Al entrar en Monte-Carlo notó una animación especial en sus calles, poco frecuentadas a dicha hora. Los vecinos de la gran metrópoli de la ruleta se levantan tarde. Todos han trasnochado junto a las mesas verdes, y el Casino sólo abre sus puertas a las diez. Pero esta mañana los pocos que iban por las calles se hablaban, señalando a lo lejos, como si ocurriese algo extraordinario. Los había que desandaban su camino para volver a casa y dar a los de su familia una noticia capaz de echarles fuera de la cama.

Cuando llegó mi automóvil a la plaza del Casino no pude contener una admiración ingenua, semejante a la de los barrenderos montecarlinos, que apoyados en sus escobas y palas formaban grupos, mirando ávidamente a un lado y a otro.

El orden de las horas del día estaba totalmente trastornado. El reloj del Casino marcaba las seis y media; un sol adolescente empezaba a remontarse sobre las palmeras de las terrazas que cortan el azul del mar con sus columnatas obscuras... Pero al mismo tiempo eran las cinco de la tarde, la hora del té.

Vi la plaza ocupada por centenares y centenares de personas; tal vez pasaban de mil; y todos, hombres y mujeres, iban vestidos con cierta elegancia, como desocupados que pueden costearse la vida en Monte-Carlo. Estas gentes entraban y salían en el Casino, paseaban en torno al jardincito central de la plaza, llamado «el queso»; se sentaban en las mesas del Café de París. Una orquesta funcionaba en la terraza de dicho establecimiento. ¡Todo lo que se ve en este lugar, pero a media tarde o al caer el sol!...

El orden de los años también parecía invertido, lo mismo que el de las horas. Era la plaza del Casino tal como yo la había visto durante la guerra. Oficiales convalecientes paseaban, formando grupos. Varios inválidos con gorra de cuartel tomaban el sol en los bancos. Toda esta muchedumbre era fingida, o dicho con grosera exactitud, era una muchedumbre «pagada». A espaldas del Gran Hotel de París había docenas de camiones-automóviles de los que pasean a los excursionistas por la Costa Azul. Este convoy de vehículos había traído de Niza la avalancha humana que llenaba la plaza para evolucionar bajo las órdenes de Crosland.

Al aproximarse al Casino me fueron saliendo al encuentro los principales personajes de Los enemigos de la mujer. Besé la diestra de una gran señora que bajaba las gradas vestida lujosamente. Era la duquesa Alicia, representada por la hermosa artista californiana Alma Rubens. Un gentleman puesto de frac se echó atrás las alas de su capa negra y blanca para saludarme. Sólo podía ser el príncipe Lubimoff. Y reconocí los ojos felinos y misteriosos, el gesto de Hamlet del gran actor americano Lionel Barrymore, héroe de los teatros de Nueva York. Igualmente fui reconociendo a muchos artistas célebres que había visto en los films americanos y representaban ahora personajes de mi novela.