Una fila de aparatos cinematográficos funcionaba, lo mismo que una batería de ametralladoras, bajo las órdenes del operador Morgan, compañero de Crosland.

La figuración también resultaba extraordinaria. Era compuesta toda ella de artistas que trabajan ordinariamente para la cinematografía francesa. Entre estas damas y caballeros, descendidos ahora a una simple actuación de figurantes, los había que están acostumbrados a ser primeros personajes en los films hechos en Niza.

—¡Estos americanos pagan tan bien!—dijo una de las varias señoras que fingían tomar el té en las mesas exteriores del Café de París.

Un joven protagonista de comedias francesas, que en esta obra era simplemente «uno de tantos», me dio consejos:

—Usted debe escribir muchas novelas que pasen en la Costa Azul, para que los cinematografistas americanos vengan a trabajar aquí. Lo que más me gusta en ellos es que pagan puntualmente. Yo he sido el héroe de dos films hechos en comandita con otros camaradas, y aún no he cobrado un céntimo.

Los inválidos que paseaban o tomaban el sol eran inválidos de verdad: artistas que estuvieron en la guerra, y ahora, con un brazo o una pierna de menos, sólo pueden trabajar en una obra que evoque el recuerdo de la pasada tragedia. Entre los oficiales, los había que llevaban con una soltura marcial el uniforme; pero todos ellos, a pesar de la minucia en los detalles, revelaban al actor que sabe cambiar de traje.

Sólo un comandante parecía despegarse de los demás. Era verdaderamente un jefe francés, enjuto de carnes, de perfil aquilino y bigotes blancos, igual a Foch. Iba elegantemente enguantado y una barra de condecoraciones cruzaba su pecho. Parecía un militar de verdad... Y efectivamente lo era.

Sus camaradas le llamaban siempre «comandante». Antes de la guerra era oficial de la reserva. Se batió en numerosos sectores del frente y obtuvo la Legión de Honor con los galones de comandante. En los films franceses representa diversos personajes, pues es un actor de talento. En Los enemigos de la mujer nadie podía disputarle su papel de compañero de armas de Martínez, el oficial español de la Legión extranjera. Y no tuvo más que ponerse el uniforme propio para destacarse de los otros militares, puramente cinematográficos.

Durante varios días una parte del vecindario montecarlino cambió de existencia. Muchas señoras se acostaron más temprano o acortaron su sueño para levantarse a horas que una semana antes hubiesen juzgado inauditas.

Crosland, con su ejército de artistas y figurantes, fue trasladando a la realidad todas las escenas de Los enemigos de la mujer que se desarrollan al aire libre. Trabajó en la plaza del Casino—en el interior del edificio fue imposible—y en los jardines que descienden hasta el Mediterráneo, formando terrazas. La Dirección del Casino sólo podía tolerar este trabajo, en los lugares dependientes de ella, de las seis a las nueve de la mañana. Luego había que dejar sitio a los encargados de la limpieza, pues a las diez empiezan los juegos.