Tuve que hablar con el gobierno del príncipe soberano para que permitiese el trabajo de los artistas en la antigua ciudad de Mónaco. La vida agitada de Monte-Carlo no llega hasta la tranquila capital monegasca, que está enfrente, al otro lado del puerto. Para que la policía del principado no estorbase nuestra labor en los hermosos jardines de San Martino, en las inmediaciones del Museo Oceanográfico, en la plaza situada frente al castillo-palacio de los príncipes, que parece una decoración del Renacimiento, y donde nunca se toleró a los cinematografistas, fue preciso que el ministro del Interior diese nada menos que un decreto.
No hay que sonreír. En los Estados pequeños resulta necesario hacer las cosas con más ceremonia y gravedad que en los grandes. Lo mismo ocurre en nuestra existencia. Un pobre debe observar en sus actos más dignidad y mesura que un rico, si quiere verse respetado. Únicamente los poderosos pueden vivir sin escrúpulos ni miramientos. Si un gobierno pequeño, como el de Mónaco, no procediese con minucias y solemnidades, la gente que llega de fuera, dispuesta a bromas y falta de respeto, acabaría por atropellarlo todo.
En estos días no escribí ni hice otra cosa que seguir a Crosland, sirviéndole de intermediario, poniendo a su disposición todos los conocimientos y experiencias que han podido proporcionarme varios años de vida en la Costa Azul. El director y sus artistas me asombraron al marcharse tanto como al llegar.
—Terminaremos el próximo domingo—dijo Crosland.
Volví a sentir dudas, lo mismo que la noche de su inesperada presentación. Necesitaban, efectivamente, marcharse el domingo inmediato. Debían meterse en el tren al anochecer e ir en línea recta de Monte-Carlo al Havre para tomar al día siguiente el trasatlántico que les llevaría a Nueva York. Pero ¡quedaba tanto por hacer!...
Estos americanos, hombres y mujeres, después de trabajar desde la salida a la puesta del sol, jugaban por la noche en el Casino o cenaban en todos los restoranes de moda donde se baila, entregándose a la danza hasta pasada media noche. Las cosas no podrían marchar como las había planeado el director sobre el papel. Alguien caería enfermo. Iban a surgir obstáculos inesperados.
Empezó a llover, y siguieron trabajando. Algunos actores, efectivamente, se sintieron enfermos, pero esto no les impidió continuar su vida nocturna. Querían verlo todo, aprovechar bien su viaje a la Costa Azul... Y ninguno dejaba de presentarse puntualmente a la hora del trabajo: las seis de la mañana. ¡Qué disciplina y qué salud! ¿Cuándo dormían estas gentes?...
El domingo, al ocultarse el sol, aún trabajaban. Pero a la hora marcada por Crosland todo quedó terminado. Algunos de los actores no tuvieron tiempo para desnudarse, y subieron al tren vestidos como en Los enemigos de la mujer. ¡Y en marcha para Nueva York de un solo tirón!...
Luego he recibido centenares de fotografías representando los «interiores» de la obra, las escenas interpretadas en los Estados Unidos, con decoraciones portentosas, que hacen de este film algo extraordinario. Hasta han reconstruido allá, con arreglo a los apuntes que se llevaron, varios de los salones de juego más elegantes del Casino.
En la Costa Azul hay muchas damas que aún se acuerdan, con asombro y delicia, del tiempo en que se levantaban a las seis de la mañana, pudiendo contemplar la salida del sol.