»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi deseo de correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a conseguir en toda su existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo.

—¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?—volvió a repetir la voz conmovida de la anciana.

—Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un hombre de mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas empresas y le queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales. Pero le juro que en los raros momentos de descanso, cuando evocaba el pasado y las ilusiones de la juventud, lo primero que surgía en mi memoria era el recuerdo de usted.

»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido la ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para seguir avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi triunfante. Ya era viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos se habían casado; tenía nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir la única ilusión que quedaba en pie dentro de mí?...

Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés, haciendo un esfuerzo mental para adivinar cómo habría sido el americano en los tiempos remotos de su juventud.

—¡Oh, mister Baldwin!—volvió a decir—. ¿Por qué no se dio usted a conocer entonces?

Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus pensamientos, expresándolos en voz baja.

—Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero de París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos. ¡Si usted viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha transcurrido el tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando no interesan, hacen reír por sus adornos grotescos cada vez que se las ve en un retrato viejo. En cambio, a la mujer amada nos la imaginamos siempre con el traje que vestía cuando la vimos por primera vez, y aunque luego cambien las modas, nunca nos parecen tan interesantes como las de entonces. Yo contemplaré siempre a la joven duquesa de Pontecorvo con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la emperatriz Eugenia y las otras damas elegantes de la corte imperial. No la puedo ver de otro modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy pocas mujeres lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor tuvo el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y que nunca conoció el otro.

—¡Oh, mister Baldwin!—repitió la vieja con una voz temblorosa, como si fuese a llorar—. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que me dice ahora?...

El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia inaudita de un extranjero desconocido, pobre y rudo.