Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre astral que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro vespertino. Por el lado de Italia el azul del cielo se mostró más intenso y obscuro, siendo punzado a trechos por los fulgores de nuevas estrellas.

El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar, estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja señora, impresionada aún por las palabras de su acompañante, permaneció insensible a este cambio de temperatura, que en otro atardecer la hubiese hecho huir hacia su automóvil.

—¿Por qué no habló usted a tiempo?—repetía—. ¿Por qué no me dijo entonces esas palabras tan interesantes?

Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la necesidad de confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde que encontró en Cap Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta revelación, y tal vez por esto la había buscado en el jardín de la iglesia. Pero una vez descubierto el misterio, no había por qué recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a los muertos!

La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la muerte, que la iba arrastrando ya en su corriente.

Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas de la boca del hombre más poderoso de la tierra!...

Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el jardín.

—Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí.

Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte.

—El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero nosotros!...