La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar, golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón.

No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de lo que lo rodeaba.

Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!...

Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras una voz temblorosa iba repitiendo:

—¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo lo que me dice ahora?...

La familia del doctor Pedraza

I

—Yo también—dijo Serrano—conocí, como algunos de ustedes, al doctor Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los restoranes de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.

Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización, y roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas productivas.

La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a hacerme más préstamos, dudando del éxito de mi colonización, tuve que buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos directores de este establecimiento, dependiente del gobierno, podría pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando mi prestigio financiero, y terminaría igualmente los trabajos de roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.