La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos habían osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser despertadas», burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias, era por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y famoso tirador de pistola.
Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus entusiasmos de americano, hijo de una República.
—Lo de los títulos de nobleza, ché, puede deslumbrar a los gringos de Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.
V
Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré por los diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez su nombre y los de todas las mujeres que componían su familia volvieron a aparecer en las crónicas de la alta vida social.
Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y en qué consiste la falta de chic. Después de haber pasado un año en París, su autoridad parecía inconmovible.
La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad, yendo de uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos seguían considerándole con respeto, como un personaje influyente, y muchos envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí noticias inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos contaban que había gastado en Europa un millón de pesos (más de lo que le había prestado el Banco Hipotecario). En las reuniones de alta sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que doña Zoila había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido no tenía fortuna para tantos dispendios.
En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente cada diez años.
A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre. De no ocurrir tal calamidad, estarían ustedes escuchando ahora a un millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y vivir aquí con modestia.
Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes; seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y espaciadas, como se aproximan o se alejan las detonaciones de un combate remoto, según los caprichos del viento.