La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta inconcebible en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes morir! Pero el doctor había entregado al empresario por el abono del palco, no un cheque, sino un pagaré a noventa días vista. En las malas épocas, muchos pagan así en aquel país. Se confía en el porvenir. Nadie cuenta únicamente con lo que tiene en la mano, como los tímidos del viejo mundo; todos admiten de consocia a la esperanza. ¡Quién sabe qué grandes negocios pueden hacerse en el plazo de noventa días!... Como la fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para llegar hasta nosotros.
También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores, con una magnificencia que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dio a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico. Mientras tanto, el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener el aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos y pagar los enormes réditos de sus deudas.
Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza, deseoso de evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de esta situación. Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de lujo, entre sus hijas solteras, que hablaban y reían como princesas seguras del porvenir, necesitaba mostrarse optimista, imaginándose una serie de negocios maravillosos que vendrían a sacarle de apuros al día siguiente.
No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fue acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre dinero; en los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y recurrió al préstamo usurario. Además, tuvo que vender con pérdida enorme los terrenos que había adquirido para especular sobre su alza en la buena época del país, cuando circulaba vertiginosamente la riqueza.
Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos, la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir dejará caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la menor mueca de contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían en su casa. Doña Zoila, que estaba vagamente enterada de que los negocios no marchaban del todo bien, parecía vacilar algunas veces al hacer a su marido la enumeración de los gastos de la familia, pensando en la posibilidad de ciertas economías. Un día, hasta le dio a entender que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas. Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a la señora, que el doctor se apresuró a disuadirla.
Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su existencia ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuido el lujo de la familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que evitase las economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y para ello era conveniente que la casa conservase su aspecto de abundancia segura y ostentosa.
Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra solemne y los ojos protectores de mi amigo, adivinaba al punto los estragos que iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza disimulada. Iba vestido con la elegancia de siempre; conservaba su aspecto señoril; pero estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por su edad.
—¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para todos!... Pero esto no puede durar.
Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por encima de las miserias del vulgo.
Su caída fue larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por regla general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias y novelas. Hay minas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que sólo duran unos minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con lentitud, o van empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño tras peldaño. El naufragio del doctor fue igual al de los grandes veleros, que, después de estar llenos de agua, todavía flotan con la quilla al aire mucho tiempo, yendo de un lado a otro, al capricho de las corrientes.