En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios sueltos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió al doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte invención mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser lógicas, que las noticias que nos dan como seguras los amigos y los periódicos.

He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba solo en su «escritorio»: un piso arrendado en la Avenida de Mayo para sus oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían sobre él las mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una manera optimista, quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba a verse arruinado en un país donde el dinero tiene mayor importancia que en otras naciones y resulta más necesario para la vida. ¿Era posible la existencia de un Rómulo Pedraza protegido por sus amigos y con un empleo público para sostener humildemente a su familia?...

La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus vestidos, llevando la vida dolorosa de los ricos arruinados que buscan el amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e inconcebible como un trastorno de la leyes astronómicas. ¿Era lógico que Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?...

Además sentía miedo al pensar en sus hijas. Él conocía la historia de muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas conseguían casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se resignaban a descender, perdiendo la distinción de su origen, convirtiéndose en obreras ocultas que trabajaban mal recompensadas para el sostenimiento de una vida miserable; y algunas acababan sirviendo de amantes a hombres que en otras circunstancias no habrían osado aspirar a ser sus maridos.

El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la misma situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un nuevo encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas y educadas en el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo que son.

VI

Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la fortuna, tirando de él con un manotazo maternal y elevándolo luego sobre aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del insomnio?... Había que abrir las ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con sus alas.

Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden también a las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales o inventores, todo es posible.

Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el aumento de una cantidad más...

El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella, y como seguía recibiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron pasarse el aviso unos a otros.